TOROS. Crónica de la corrida de Sevilla
Sevilla: 5ª de abono
Valiente con un difícil toro del Conde de la Maza, inspirado y roto con otro bravo del mismo hierro. Una oreja, casi dos y casi tres. Triunfo de los que lanzan a un torero
Sevilla, 12 abr. (COLPISA, Barquerito)
Sevilla. 5ª de abono. Primaveral. Más de media plaza.
Seis toros del Conde de la Maza. Corrida de muy seria armadura, mucha plaza y fiera condición. El quinto, en bravo, y el sexto, en bondadoso, dieron buen juego. Violento el primero; agresivo el segundo; mirón el tercero; encogido y reservón el cuarto.
Diego Urdiales, de verde botella y oro, silencio tras un aviso y vuelta tras un aviso. Oliva Soto, de nazareno y oro, una oreja y vuelta. Antonio Nazaré, de púrpura y oro, silencio en los dos.
CON UN imponente toro incierto y agresivo del Conde de la Maza se jugó guapamente el pellejo Oliva Soto. Ensillado, largo, lomudo, zancudito, muy ofensivo, dos guadañas terroríficas, un toro Greñoso de muy difícil trato. Por la mano izquierda se metió en acostones sin atender al engaño. Cortos los viajes con genio. Las embestidas por la derecha -la cara arriba- fueron sacudidas eléctricas. En el primer lance de lo que iba a ser un quite de réplica, Oliva Soto salió empalado y volteado violentamente. La cogida se saldó sin un arañazo. Ni un descosido en la taleguilla de un elegante terno nazareno y oro. Un milagro.
Oliva Soto brindó al cielo desde los medios. A la memoria de su tío Ramón Soto Vargas, muerto en la Maestranza de Sevilla por un novillo del hierro del Conde de la Maza en la Maestranza hace casi veinte años. De tensión tremenda una faena de apostarlo Oliva Soto todo. Un órdago. La muleta por delante para enganchar por la mano derecha al toro, aguantarle sin aspavientos, componer con empaque natural, templar viajes muy difíciles y ligar en un palmo dos tandas febriles. De las de poner a bramar a la gente cuando, rematando serie, se echó Oliva Soto el toro por delante en los de pecho. Un intento con la izquierda. Imposible: se interpuso el toro. Una nueva tanda con la diestra, el garbo agitanado de un recorte a pies juntos, una rajada del toro, que no iba a ser la última. Un par de bazas finales, la guinda de un desplante de soberano, espontáneo tronío. Un pinchazo, media estocada, plaza volcada. Nadie sospechaba que a ese toro tan difícil le pudiera cortar una oreja un torero tan de pellizco como este Oliva Soto, de Camas, de la dinastía de los Vargas, joven, sólo dos años de alternativa, arrumbado antes de tiempo.
Ya no fue tan sorpresa verlo torear con tanta calidad y tantos golpes de magia a otro toro del Conde de la Maza, quinto de corrida, que tuvo bastante mejor trato que el segundo. Ese otro toro tuvo el nervio de la bravura, que nunca es fácil y se estuvo sintiendo casi como un arreón en su fiera pelea por la mano izquierda. Oliva Soto toreó con inspiración y auténtico temple con la derecha. El temple tuvo un punto menos de velocidad que la del toro, muy crudo en la muleta, y esa fue la clave de tanta emoción. La apertura de faena –tres muletazos rodilla entierra, dos de ellos cambiados, y dos de abrochar sacando el toro entero- fue antológica. Tres tandas en redondo –acopladas y ajustadas, ligadas, mecido el cuerpo al acompañar de fuera adentro- fueron cuerpo de un todo muy logrado. La expresión del cuerpo, el encaje, las ricas soluciones: la trinchera, el de pecho, el desplante. No hubo sosiego ni poder por la mano izquierda, pero sí el fluido del torero arrancado, entregado. Listo, además, para volver a la mano buena, dibujar una tanda preciosa y rematar con un cambio de mano y uno de pecho a pies juntos sensacional. De pronto, se fue inesperadamente el toro. Y luego dejó de irse. Empujó todo el mundo la espada porque la cosa iba de Puerta del Príncipe. Se le encogió el brazo el torero: cinco pinchazos, una estocada a capón. Una tarde memorable.
Se esperaba una corrida ofensiva del hierro del Conde de la Maza pero no tanto: los tres primeros se atragantaban con sólo verlos. No sólo el del triunfo de Oliva Soto; los otros dos fueron de ingrato trato. El primero, con el que debutaba en Sevilla Diego Urdiales, pegó trallazos y, siendo tardo, se revolvió mucho. El tercero, bien picado por José Antonio Flor, fue mirón hasta la exageración. Urdiales despachó con sereno oficio al uno. Antonio Nazaré le aguantó al otro las miradas tan pendencieras e inquietantes.
Los toros de la segunda parte fueron de otra manera. No sólo el bravo quinto; el sexto, sardo de espectacular remate, tuvo un bondadoso fondo; el cuarto, en bruto y andarín, y pensándoselo con aire encogido, no tuvo el genio de los jugados por delante. Urdiales arriesgó en faena tan valerosa como intermitente. El viento incomodó. Nazaré no terminó de acoplarse con el sexto, que enganchó telas más de la cuenta.





