TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Sevilla. Crónica de Barquerito: David de Miranda, por la Puerta del Príncipe.

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Fiel a su estilo y su ley de quietud y ajuste, el torero de Trigueros firma una tarde redonda


Espléndida y variada corrida de El Parralejo con un tercero de calidades extraordinarias


Sevilla, 22 abr. (COLPISA, Barquerito).- 12ª de abono. Veraniego. Casi lleno. 12.400 almas. Dos horas y media de función.

Seis toros de El Parralejo (Herederos de José Moya). El tercero, Secretario, premiado con la vuelta en el arrastre.

Diego Urdiales, silencio tras aviso y saludos tras aviso. Emilio de Justo, aplausos y silencio. David de Miranda, dos orejas y oreja. A hombros por la Puerta del Príncipe.

SERIA, CUAJADA y brava, la corrida de El Parralejo fue la más completa de lo que va de feria. No solo porque dos toros, primero y tercero fueran de particular buena nota en el caballo -el tercero, el toro de la corrida, derribó en una primera vara y metió los riñones en una segunda-, sino porque, con la salvedad de un quinto que se apagó pronto, y con sus distintas versiones, el conjunto tuvo presencia y potencia, entrega, nobleza y prontitud. Todos galoparon de salida y en banderillas. Enteros aguantaron hasta la hora de doblar. A dos de ellos, los dos primeros, los levantaron los puntilleros. Levantarse fue en ambos casos señal de bravura. Desde el temperamental primero hasta el casi pastueño sexto -un cromo, salpicado, capirote y botinero, buena alzada, notable elasticidad-, un abanico y muestrario de ganadería larga servidos como argumento de base de un espectáculo sin tiempos muertos porque no consintieron los toros.

De todos ellos la palma se la llevó un tercero de soberbio ritmo, es decir, una regularidad acompasada al embestir, humillar y repetir por una y otra mano, empapado en la muleta sin dejar de hacerse sentir ni en una sola baza. Lucido entre el tercio y los medios por David de Miranda, el toro vino a morir en la misma boca de riego y a doblar tras larga resistencia pese a ir herido de muerte. La muerte del toro puso de pie a la gente. La vuelta al ruedo en el arrastre se jaleó y celebró como la salida de escena de un divo de la ópera. Solo que no pudo salir el toro a saludar. Con ese toro, y con el cromo que cerró la corrida, vivió David de Miranda una tarde dichosa. Con armas muy sencillas. O no tan sencillas: quietud, verticalidad, soltura, sentido del temple para armonizar casi todas las embestidas de uno y otro, y el ajuste indispensable para encarecer esos cuatro ingredientes. La elección de terrenos y el sentido de la medida, la de las tandas, todas bien rematadas y la de los tiempos de las faenas, de son creciente una y otra. El trazo despacioso, la manera de enroscarse, el acierto al abundar en su mejor corte plástico -el toreo a pies juntos, que es sello propio- y la gracia obligada en los cites frontales una vez que los dos toros quedaron cautivos del engaño. Más abundante el toreo con la diestra que con la izquierda. A los dos toros los toreó por delantales, pero en su turno, en el segundo de corrida, quitó por gaoneras muy apretadas. La apertura de las dos faenas fue distinguida: cambiados por bajo, rodilla vencida, en el gran tercero, estatuarios en el sexto. Y los finales, rampantes. Los naturales frontales en uno, ajustadísimas mondeñinas en el sexto. Dos estocadas de ley. Y el apoyo bien sentido de los paisanos de Huelva. Tres orejas, puerta del Príncipe.

El toro tan temperamental que partió plaza -venciéndose ligeramente por la mano derecha- fue puro carbón, hizo sufrir a Diego Urdiales, que no perdió ni la compostura ni los nervios, pero no pudo hacer fortuna con él. Con el cuarto, de espectacular pinta melocotón, sí pudo despacharse a gusto, soltarse y templarse, dibujar con rara perfección y llegar a enroscárselo sin perderle pasos ni una sola vez. Tanto la apertura como el remate de faena a dos manos fueron canónicos. Dos estocadas. Sonó un aviso cuando doblaba el cuarto. Estuvo frío el ambiente, que acababa de explotar con los acontecimientos recién vividos.

Emilio de Justo se quedó corto con el segundo, toro de buen son, en faena estudiada, templada pero declinante. Cuando el quinto se paró, optó por la brevedad. La fiesta no iba por él. Es probable que lo acusara.

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Cuaderno de Bitácora.- De buganvillas: las hay en la verja de la Maestranza de Artillería, que es un edificio de inconfundible acento militar en la fachada y casi dos siglos más antiguo que la otra Maestranza, la de Caballería, el templo mayor del toreo. La sensación es que la de Artillería está abandonada o en espera de reforma o nuevo destino. Tiene enfrente el suntuoso teatro de la Maestranza, la tercera en un pañuelo del mismo barrio.

Las buganvillas son señal de vida. El edificio contiguo es la iglesia de San Jorge, sede de la Hermandad de la Caridad. Un endiablado andamiaje la esconde mientras se restauran fachada y techumbre. Los grandes, grandioso lienzos de Murillo, se trasladaron al Museo de Pinturas. Y ahí siguen. Intactos.

Lo que está patas arriba es la Plaza Nueva. No estoy seguro de que necesitara cambios. Las obras han condenado la terminal del tranvía. También el primer tramo de la Avenida está levantado, Hay una Sevilla en estado de obras, de cascote y escombro, que convive como si tal cosa con la otra, la barroca y popular, el Casco Antiguo y único. Ciudad luz.

Última actualización en Miércoles, 22 de Abril de 2026 21:13