Corrida decepcionante y deslucida de Domingo Hernández
Con el toro de mayor entrega Roca Rey se rompe en serio solo a última hora
Generoso y notable empeño de Pablo Aguado con el capote
Talavante, irrelevante.
Sevilla, viernes, 17 de abril de 2026. (COLPISA, Barquerito).- 7ª de abono. Estival. No hay billetes. 12.500 almas. Dos horas y media de función. El paseíllo, con cinco minutos de retraso.
Seis toros de Domingo Hernández.
Talavante, silencio en los dos. Roca Rey, silencio y una oreja. Pablo Aguado, silencio y vuelta tras dos avisos.
UNA GENEROSA colección de tiempos perdidos o muertos, tres primeros toros inocuos de Domingo Hernández dechado de mansedumbre en distinto grado, un cuarto que pareció querer algo más que los tres primeros, pero acusó una afección de cuartos traseros, y por eso se revolvía, una versión cautelosa y desteñida de Talavante, otra porfiona de Roca Rey, cuyos recursos como lidiador no prosperan sino todo lo contrario y el consuelo menor del capote de Pablo Aguado. Un quite de verónicas de plantas posadas que pareció enseñarle a Roca Rey el toro que todavía no había visto, el dibujo calmoso y sencillo de los lances con que paró al tercero de la tarde y la réplica en ese toro por chicuelinas de sello propio a un quite desvaído de Talavante acogido con indiferencia y algún silbido.
El toro de los dos quites se dio a la fuga en cuanto vio un hueco por donde escapar y Aguado, que no llegó a doblarse como pedía el toro, pretendió enredarse con él. Tediosa porfía, muchos terrenos recorridos sin fortuna. Al rodar el toro, de pinchazo y estocada, se llevaba hora y cuarto de función. El despeje de plaza, que era en la Maestranza de cinco minutos, ha pasado a ser este año de diez. Como siempre que torean Talavante y Roca Rey, el remoloneo en el túnel es de cinco minutos. Con un calor de verano más que de primavera, la plaza abarrotada, el tiempo parecía pasar más despacio de lo normal.
La banda se había arrancado gratuitamente al comienzo de la errática faena de Roca Rey con un hermoso pasodoble antiguo y orejero: “Fiesta española”. El programa de mano incluye entre otras novedades una relación de la “banda sonora de la tarde”. Identificación de pasodobles. Era obligado en una plaza de acústica modélica y con una banda tan afinada como la de Tejera y un repertorio inagotable. Pero no hubo más música luego que la del aleteo de los abanicos batidos a compás en los tendidos de sol.
El cuarto toro duró muy poco y esta vez no perdió más tiempo de lo debido Talavante. Tal vez por sentir la silenciosa censura de la mayoría. De los mismos que el martes pasado cantaron sus aciertos como ganadero y criador de cuatro novillos de carril, o eso se cuenta.
Cariavacado, dos puntitas, zancudito y flaco, una rara manera de galopar, el quinto delantales notables. Un banderillero de Roca, fuera de su sitio, estuvo molestando a mitad del quite. El son relativo del toro estaba cantado después del quite y para Roca Rey fue la bola de partido. La música, de nuevo galante pero no tan tempranera como antes. Una faena de muchas voces, desigual compostura, atrevida elección de terrenos -los medios sin mayor razón-, seguida y abundante sin cargar la suerte, pero buen ajuste y solo a última hora, entre rayas, una tanda ortodoxa, poderosa y buen tirada. Fue la más vibrante de la corrida, que no es mucho decir. Y una estocada hasta el puño.
El sexto fue por hechuras el más serio de la corrida. En condición, sin embargo, hizo juego con los tres primeros. Querencia irrefrenable a tablas y final en la puerta de toriles. Embestidas amodorradas, bobaliconas, una faena ecléctica sin apuesta clara de Aguado hasta que el toro mansito le levantó los pies sin previo aviso. La voltereta calentó al torero y a la gente. El final de faena, recomenzada a la fuerza, se vivió con relativa pasión. Se había enfadado Aguado. Un aviso antes de la igualada, otro después de levantar el puntillero el toro y poco después de las nueve, todos a casa.
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Cuaderno de Bitácora.- La elocuencia no ha sido la mejor virtud de los toreros de importancia. Hay excepciones: Antonio Bienvenida, los tres hermanos Dominguín (Pepe fue, además, un escritor notable).... De Manolete se decía que era "hombre de pocas palabras". Roberto Domínguez hizo buena la leyenda, discutible como todas, de que el mejor castellano es el de Valladolid.
Los toreros hablan más claro entre ellos y en la intimidad. Cada uno con su acento. Qué dulce maravilla el acento sanluqueño de Pepe Limeño. Y su gracia natural. El sábado de la pasada semana, en el Clarín de Radio Nacional, se descolgó con un castellano perfecto y una facilidade de palabra muy particular un joven torero francés, de Nimes, apodado El Rafi, que acaba de cuajar en Arles dos toros de Murteira Grave, de torearlos más que bien.
Como en el planeta Francia se ha abusado de las alternativas, alternativas de carné en la mayoría de los casos, la figura de El Rafi no ha trascendido en España. A pesar de su distinción. A otro torero nimeño, Adrián Salenc, que se acabó anunciando como Adriano, le está pasando tres cuartos de lo mismo, Con los toros de estirpe Santa Coloma se reveló como novillero mayor. No ha circulado lo que debiera por méritos. Y habla español igual de bien que El Rafi.
¿Chapò? ¡Chapó!





