TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Castellón. Crónica de Barquerito. Destacan un toro y una faena.

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Apertura de la Feria de La Magdalena


El toro, el cuarto, excelente de La Quinta y la faena, brillante y académica, de Ginés Marín


Corrida por debajo de las prestaciones de la del mismo hierro de hace un año


Determinación valerosa de Aarón Palacio con el toro más difícil


Castellón, domingo, 8 de marzo de 2026. (COLPISA, Barquerito).- 1ª de feria. Soleado, fresco, 4.000 almas. Dos horas y media de función.

Seis toros de La Quinta (Álvaro Martínez-Conradi)

Ginés Marín, ovación y una oreja. Aarón Palacio, ovación y oreja tras aviso. Javier Zulueta, silencio en los dos.

DE TRAZA DESIGUAL, la corrida de La Quinta trajo dos toros cinqueños de precioso remate; un segundo bajo de agujas y bien rellenito, y un cuarto de soberbia estampa, cárdeno claro, 550 kilos repartidos a modo. El segundo se empleó en un único puyazo que tomó corrido, galopó en banderillas y, noble, quiso sin duelo ni excesos después. Una faena de más a menos, tan bien intencionada y determinada como amontonada de Aarón Palacio no hizo justicia al son tranquilo del toro. Una estocada de torero valeroso.

El cuarto le entró por los ojos a todo el mundo desde la salida. Con más plaza que cualquiera de los demás, los galones propios de la edad, sacó el mejor estilo privativo de la línea Buendía: la fijeza, la prontitud, la regularidad, el recorrido. A todo lo cual se acopló como un guante una faena de seguro oficio, académico compás, limpio temple y suave trazo de Ginés Marín, que toreó tocado. La montera calzada fue artificio caprichoso. Empapado el toro en todas las bazas, en todos los terrenos y por las dos manos. Más rigurosa la primera mitad de faena, excelente el dibujo al natural, soberbio un cambio de mano por delante, y más aparatosa la segunda, cuando, dueño del toro, Ginés se despatarró antes de doblarse rodilla en tierra con el repertorio del toreo de postres. Un pinchazo sin soltar y una estocada desprendida y defectuosa. Después de echado, se levantó el toro dos veces en proclamación genuina de la casta. En el arrastre, una ovación de honores.

La corrida de La Quinta de hace un año y aquí mismo, con cartel de banderilleros veteranos, toda cinqueña, fue de mejor nota que esta otra de la repetición. Pero ese cuarto toro de Ginés Marín no tuvo nada que envidiar al indultado de entonces -Ferrera al aparato-, un Ruiseñor con una gota fiera ausente en este Bandolero de ahora.

Los otros cuatro toros de esta otra bazas tuvieron en común pocas cosas. Un quinto de aire asaltillado, hocicudo y talludo, incierto y revoltoso, brusco, fue el único de trato complicado. Con él tardó en componerse pero sin perderle la cara Aarón Palacio. Cogido feamente -parece que no herido, pero sin cosido a varetazos-, se vino arriba en una emocionante pelea cara a cara marcada al final por los muletazos más poderosos y desgarrados de la tarde. Se fue tras la espada con todo pero para agarrar una estocada ladeada y tendida sin muerte. Dos veces se arrancó de frente a un  puntillero de la experiencia de Domingo Valencia, que no perdonó en el tercer intento.

Muy bondadoso el primero de corrida, molido a capotazos de brega, de nota en el caballo, pronto a los engaños, y una faena tibia de Ginés Marín, ortodoxa, fría y sin apreturas. Un pinchazo hondo, rueda de peones y un descabello.

En el lote de Javier Zulueta un tercero justo de fuerzas, rebrincado y claudicante, que acabó tomando engaño por la izquierda y un sexto sangrado hasta la pezuña en  un puyazo interminable que se apagó en seguida y acabó pasando sin decir nada. Formal, firme, lindas maneras. Torero de sangre fría. “Frío de cuello”, solía decirse.

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Cuaderno de Bitácora.- En una de las dos paredes encaladas del pasaje que lleva de la Avenida a la  calle de Alloza he descubierto esta mañana una colección de murales, siete u ocho, compuestos con fotografías rescatadas de archivos o fondos documentales. Todas, más de un centenar, tienen un argumento común: La ciudad de Castellón entre los años 20 y los 70, no más.
Cada uno de los murales ataca un tema monográfico. La alameda, o Jardín del Obelisco, o sea, el célebre Parque Ribalta, con su laguito navegable y sus patos flotantes. La Panderola, el tren tranvía de la línea del Grao a Onda por Burriana y Villarreal, que atravesaba la ciudad por el centro y tenía parada en la Plaza de la Paz. El Grao, su pinar, su playa mínima y su puertecito pesquero anterior a la construcción del gran puerto ideado por el ingeniero Alloza, gloria local.
El edificio de Correos y el del Instituto Ribalta, jalones de la Avenida. El centro lujoso: el Hotel Suizo -que sigue en pie pero no como hotel- y el Casino, el edificio con mayor carga de identidad selectiva de la ciudad y la provincia, La plaza de toros y su entorno. La concatedral, la torre del Fadrí y el convento de Santa Clara, demolido para la construcción del Mercado Central. Son muchas las fotos en que aparece la ciudad nevada, señal de que la nieve era excepcional en la ciudad, no así en la provincia. Mucho ha crecido y cambiado Castellón desde entonces. Apenas se reconocen un par de rascacielitos años 50. Me ha llamado la atención la ausencia de imágenes de uno de los mejores edificios: El Ayuntamiento.
Y luego, el paseo a pie por la ciudad casi desierta porque el domingo de Cuaresma se sube todo el mundo al Desierto y a la ermita de la Magdalena. Cerrados los comercios y la mayoría de los garitos de refrigerio. Cerrada la Pastelería de la calle San Vicente. Antes de llegar a la librería Argot, me he encontrado con un fotógrafo artista, de la escuela Cartier-Bresson, que abandonó el blanco y negro por el color un día de no hace tanto tiempo. Y salió de Castellón al mundo, cuando ya era norma salir para Madrid y no para Barcelona. Para triunfar, como solía decirse. O sea, para ser reconocido. Se llama Javier Arroyo.

Frío en los toros a partir del tercero. A los acomodadores de la grada, ejemplares, solo les falta traerte una manta con un carajillo.
Última actualización en Domingo, 08 de Marzo de 2026 21:41