ZARAGOZA. Feria del Pilar. Crónica de Barquerito: "Gravísimo percance de Mariano de la Viña"

Domingo, 13 de Octubre de 2019 00:00 administrador
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Casi de salida, el cuarto toro de la corrida de Montalvo lo coge y en el suelo lo cose a cornadas en la zona renal

Ambiente de consternación

Perera, herido por un sobrero

Zaragoza, 13 oct. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 13 de octubre de 2019. Zaragoza. 9ª y última del Pilar. Veraniego, muy caluroso. La capucha de cubierta, semiplegada. Lleno. 10.000 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Seis toros de Montalvo (Juan Ignacio Pérez-Tabernero). El sexto bis, sobrero. Ponce, pitos tras aviso, silencio y palmas en el sexto, que mató por cogida de Perera. El Juli, silencio en los dos. Miguel Ángel Perera, saludos. Herido por el sexto bis cuando faenaba de capa. Parte médico pendiente. Excelente trabajo de Álvaro Montes. Pares notables de Curro Javier.

Mariano de la Viña, arrollado, volteado y corneado cuando trataba de parar y fijar al cuarto de la tarde. Dos horas después de ingresado en la enfermería se estaba pendiente de parte médico.

LA PRIMERA MITAD de festejo tuvo su pequeña intriga. Partió plaza un toro berrendo aparejado, la pinta y la seña antiguas de la primitiva ganadería de María Montalvo. Alto de cruz, solo el poder preciso y un primer puyazo en serio, a la salida del cual enterró pitones. La vuelta de campana y un segundo puyazo lo mermaron. Sin descolgar, fue toro de sencillo manejo. Ponce tiró líneas despegadito, la música se arrancó sin motivo ni demora y la faena fue larguita. Muy desacertado el uso del verduguillo después de dos pinchazos, media y rueda de peones. Diez intentos con la cruceta. Se echó el toro. Un aviso.

Negro zaino, el segundo, que cobró más de lo debido en dos varas traducidas en tres heridas de puya, dejó charcos de sangre en la arena antes de afligirse sin remedio. El Juli estuvo toda la tarde seguro y tranquilamente resuelto. Anuncio de ello fueron su manera de resolver en la lidia y su calma para faenar antes de que el toro metiera la cara entre las manos al cabo de apenas doce viajes. Una buena estocada.

Colorado y chorreadito, zancudo y rabón, el tercero no se pareció en nada a los dos recién jugados. Ningún celo de salida, ni siquiera en el caballo, de donde salió más que castigado pero sin blandearse. Lo despabilaron dos excelentes pares de banderillas de Curro Javier. El verdadero sentido avivador de los garapullos. Perera se acopló con una autoridad y una suficiencia más que notables. La muleta al hocico, a pulso viajes largos de compromiso, compostura vertical, Perera forzó al toro cuando pretendió resistírsele. Con la izquierda, una tanda de caro dibujo. Y un desarme por abuso de poder.

Ni propicia ni vibrante, no estaba siendo corrida agria, pero de pronto se precipitaron los acontecimientos. Llamó la atención el aire agresivo del cuarto montalvo, negro facado. El más enjuto de carnes de los seis, pura fibra, menos cara que los demás, pero más astifino que ninguno. Contra costumbre, no salió Ponce a pararlo ni a fijarlo. Era su último toro de la temporada en España antes de un inminente viaje a México. A recibir casi en los medios al toro, que estaba por ver, salió Mariano de la Viña.

El saludo resultó fatal. Fiero el toro al atacar, no dejó a Mariano ni desplegar engaño, lo arrolló y volteó, lo dejó en el suelo inerte y, ante la mirada horrorizada de espadas y banderilleros, lo cosió a cornadas por la espalda. Se escucharon gritos de espanto. El desconcierto de lo imprevisto quedó marcado por un brutal rastro de sangre. Mariano había perdido el conocimiento y costó no poco acomodarlo en brazos asistentes camino de la enfermería, donde parece que entró en parada cardiorrespiratoria. Prácticamente sin vida

El Juli había sabido quitar al toro de su presa antes que nadie. En sus manos y engaño lo tuvo hasta la salida de los picadores. El ambiente era de auténtica consternación. Álvaro Montes, el peón de confianza de El Juli, ocupó el puesto de Mariano de la Viña con el mismo rigor que si se tratara de toro propio. Ponce, un nudo en la garganta, se hizo de ánimo como mejor pudo. Perera pidió a los areneros un rastrillo y con él borró de la arena la sangre tan abundantemente derramada por Mariano de la Viña. La vieja leyenda de las trágicas cornadas de Zaragoza se cobró una nueva víctima en su enésimo episodio. El toro no hizo más que apoyarse en las manos y puntear antes de recular y afligirse tanto como el segundo. Después de arrastrado el toro, Ponce se fue a la enfermería en busca de noticias.

El Juli hizo recobrar la serenidad a todo el mundo con las armas propias del oficio. En primer lugar, su calma y su entereza. Con lances despaciosos y media notable dejó fijado al quinto de la tarde, que hizo picar muy poco. Solo que el toro, de buen aire, metería una mano en uno de tantos hoyos del ruedo –huella de los festejos matinales- y pasó a apoyarse con fragilidad. Pareció lesión de tendones. Con la izquierda toreó Juliàn a cámara lenta, en desmayo de verdad. Solo dos madejitas de naturales, pero fueron la joya de la corrida. Con la espada no pasó El Juli. La gente, pendiente de noticias de la enfermería, apenas valoró tan ricos detalles.

Estaba por venir el último trago amargo del Pilar. El sexto de corrida, colorado y carifosco, amplio galán, claudicó dos o tres veces. Se oyó un chasquido de hueso roto y fue devuelto sin haber llegado a caerse propiamente. La banda había subrayado la salida del toro con la obligada jota de Borovio, pero el público obligó a los músicos a parar. El sobrero, grandón, 600 kilos, embastecido, celoso y avisado al tomar engaño pero fijo en el caballo –una coz mientras cobraba-, salió enterado de la suerte y sorprendió a Perera en una prueba incierta, hizo por él, se le metió por debajo de los vuelos casi en los medios, lo desarmó y antes de que nadie pudiera llegar al quite, alcanzó a Perera que corría por delante, le pegó una voltereta tremenda y le dio una cornada en el muslo. No pudo Perera seguir. El toro vino por eso a manos de Ponce, y en sus manos una faena de castigo clásica de definición perfecta. Prueba de que, en determinadas circunstancias –cuando el toro de peligro, por ejemplo-, el toreo de recursos y aliño tiene tanta riqueza como el de dibujo. Si no más.

Postdata para los íntimos.- Iba a contar unas cuantas cosas. Se me quitaron las ganas hace tres horas y media.
Hasta el año que viene!