ZARAGOZA. Feria del Pilar. Crónica de Barquerito: "El Cid se retira a lo grande"

Sábado, 12 de Octubre de 2019 00:00 administrador
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Las dos orejas de un notable cuarto toro de los hermanos Matilla

Entrega, resolución, fe, arrestos, afilada espada y la pasión incondicional de un público rendido de antemano

Zaragoza, 12 oct. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 12 de octubre de 2019. Zaragoza, 8ª y penúltima del Pilar. Estival, bochorno. El casquete de cubierta, semiplegado en los tres primeros toros, se cerró al soltarse el cuarto. Ambiente denso. Con luz artificial el espectáculo entero. El paseíllo, con cinco minutos de retraso. 8.500 almas. Dos horas y tres cuartos de función. Seis toros de la familia Matilla. Los dos primeros, con el hierro de Olga Jiménez. El tercero, con el de Peña de Francia. Los tres últimos, con el de Hermanos García Jiménez. El cuarto, Derribado, número 44, premiado con la vuelta al ruedo. El Cid, que se retiró del toreo, saludos y dos orejas. El Fandi, silencio tras un aviso y una oreja. López Simón, silencio tras aviso y ovación tras aviso.

Jesús Arruga prendió dos excelentes pares de tercero.

CASI TRES HORAS en los toros, sobredosis de toreo industrial, mucha más gente de lo que venía siendo habitual en la tarde mayor del Pilar –tres cuartos largos-, unos cuantos trasteos de aliento, una corrida de jandillas de variada traza de los tres hierros de la familia Matilla –el sexto, el único de mala nota, reventó las básculas- y dentro de tan generoso abasto, dos toros notables, pero de condición distinta. Un cuarto de mucho querer y engrasados muelles, y un quinto que escarbó pero hizo el surco. Nobles fueron los dos, pero más sencillo el quinto que el cuarto. Cuestión de poder. Uno pasó de puntillas por el caballo; el cuarto peleó con un punto de fiereza. Los dos primeros, terciados pero bien armados, ancha cuna, lindo remate, dieron juego. El primero quiso bien y repitió. El segundo tendió a soltarse. El tercero fue uno de tantos.

 

Argumento de la corrida fue, tras los adioses de Sevilla y Madrid, la retirada definitiva de El Cid. Aunque el público de Zaragoza muta de un día para otro y, por festero y del todo complaciente, ha llegado a hacerse irreconocible, la inmensa mayoría estaba en el secreto. Lo sacaron al tercio a saludar antes de soltarse el toro de apertura, el empresario le puso en la mano un ramo de flores como los de la ofrenda del día y enseguida arrancó la fiesta de la despedida. Enseguida, porque hasta la última fecha de su larga carrera ha sido El Cid fiel a un principio elemental: la resolución. Para ir al toro, para catarlo y fijarlo, para acoplarse sobre seguro, para no perderse en cabildeos ni antes ni después de varas ni tampoco en banderillas. Lances de vuelo recogido en el saludo, mandiles y una larga cordobesa para dejar en suerte en el primer puyazo a un toro que tuvo la fuerza precisa y ni una gota más. En el quite siguiente, tiró El Cid dos lances codilleros y media impostada. Brindis al público, música antes de llegarse a la tercera tanda, toreo de toques, rectificaciones, paseítos, gestos de más y un solo de clarinete. Tocaba la banda titular y se prodigó sin desmayo. Pero ese solo de clarinete tuvo acento propio. Una estocada soltando el engaño.

A la idea del toreo industrial se apuntaron ya en su primer turno El Fandi y López Simón. El Fandi no paró de irse a la penca del rabo, la faena fue episódica y el remate, el brazo por delante, una estocada con vómito. Política parecida fue la de López Simón con el tercero, que, cuando apretó, lo hizo defendiéndose o protestando. Un trasteo machacón. El galopito de salida tan bello del toro, el único colorado de los seis de envío, fue un espejismo.

También el toro de la despedida galopó de salida y no dejó terminar de estirarse a El Cid en el recibo, sino que, en juego una codicia impetuosa –señal al cabo del estilo del toro-, tuvo que rehilar lances para no salir desairado. Juan Bernal se agarró en dos puyazos de mucho aguantar –otra vez el caballo mejor de Fontecha en escena- y El Cid lo felicitó públicamente. Una cariñosa palmada en la calzona. A la cuadrilla entera –los dos piqueros, los tres banderilleros, el mozo de espadas, el ayuda, dos chóferes, el apoderado y dos paisanos más- brindó la muerte del toro. A todos los fue abrazando uno por uno. El gesto se celebró mucho.

El arranque de una faena que iba a pasarse de tiempo, velocidad y maneras fue de nuevo ejemplo de resolución. Desde casi los medios, entero todavía el toro tras un azaroso tercio de banderillas, llamó El Cid al toro y lo aguantó, llevó toreado a mano baja y salió ligada la tanda de sorpresa, tal vez la mejor de las muchas, que completas o no, siguieron en esta ceremonia de celebración.

La entrega del Cid fue innegable, un afán como de principiante. Parecía empeño irrenunciable abrochar carrera con un éxito de ruido. Incluso flotó, por la cabeza del Cid pero no de la gente, la idea de provocar una petición de indulto, que no cuajó. El largo final de faena, cuando el toro dejó de tener música al cabo de dos docenas de embestidas no siempre compuestas, incluyó el surtido pastelero del toreo de postureo: las miradas al tendido, los desplantes, los paseos de demora, hasta un desplante frontal y vertical sin armas.

Le dieron dos vuelta a un melodioso pasodoble: Ejea de los Caballeros, la capital de las Cinco Villas. La selección sería un homenaje al difunto Benjamín Bentura Remacha, gran valedor de Ejea, y artífice de la remodelación de la plaza de Zaragoza y, sobre todo, del rescate de Goya, que en efigie de bronce presencia desde un tendido los toros todas las tardes.

En clima de delirio, El Cid atacó con fe con la espada, rodó el toro y el palco, tan severo toda la semana, sacó esta vez los dos pañuelos, pero no de golpe. Al toro le dieron la vuelta al ruedo. Se llevó en el lomo herido un ósculo del propio Cid, que se pegó a s vez la vuelta al ruedo más larga jamás vista.

El Fandi y López Simón cumplieron con el rito de brindar a El Cid uno de los toros de sus lotes. No pasó gran cosa ni en los brindados ni en los dos últimos de corrida. Rebrincado, el sexto borriqueó de lo lindo y solo quiso irse a toriles. El Fandi, que hizo el gasto en banderillas en perfecta forma física, atacó más de la cuenta al buen quinto.

Postdata para los íntimos.- Hay en la Hoya de Huesca, a orillas del pantano de La Peña y cerca de Los Riglos y los avistaderos de buitres un pueblo llamado Triste. Es de una placidez supina. Como las aguas del pantano. Hay que tener humor y casta para al cabo de tantos y tanto años acercarse todavía a darse un garbeo por el desfile siempre idéntico de la ofrenda floral a la Virgen, que arranca en la plaza (de) Aragón y llega hasta la basílica.

Independencia, Coso y calle Alfonso, y la plaza mayor de Zaragoza, que no se parece a casi ninguna del mundo aunque sea de inspiración arábiga y romana. Todos los pueblos de Aragón desfilan en  la ofrenda detrás de una pancarta que los va identificando. El puesto y el orden de salida se sortean como los toros de las corridas. Hay dos accesos a Independencia. Uno, desde la calle Canfranc, a espaldas de capitanía, y otro desde Santa Engracia. Yo venía de merodear por la Gran Vía y he tomado el atajito de Canfranc.

Justo al abordar Independencia entraba en procesión la comitiva de Triste. Poca gente pero bien vestida. Cara de cansancio los niños vestidos de baturros. Llevaban casi cuatro horas de espera. Ramos de flores, dos o tres concejales y dos señoras de muy buen ver. Las damas de Huesca tienen fama de sanas. Como las alsacianas o las tirolesas. Una de ellas me recordó la patrona de la fonda de Bolzano en el Alto Ádige italiano, en el frío Trentino, donde paré dos noches de invierno hace muchos años. Buscando la vía de Trieste. Trieste, no Triste, que está mucho más a mano. Las estaciones de tren no se parecen en nada. Trieste, estación palaciega, es todavía la capital moral del Imperio Austrohúngaro y fue el último bastón del carlismo español ya derrotado hace siglo y medio. Triste es un sencillo apeadero. Aguanta como puede el fuego graneado de la guerra española contra los trenes humildes que bordean aguas de lagos.

De la muchedumbre, riadas de gentes con flores para la Virgen, conviene huir si se encuentra un hueco. Me abrí paso a la altura del palacio de Sástago y enfilé Conde de Aranda. Los autobuses venían a reventar. Así que un paseo hasta El Portillo. Al pasar por Verón, la vieja tienda de semillas que está a mitad de calle, rendí homenaje íntimo a un viejo amigo ya desaparecido, el doctor Andrés Macua, navarro de Tierra Estella, licenciado y doctor en Medicina por la Universidad de Zaragoza, aficionado taurino de la categoría de los irreductibles, y pediatra que curó las paperas y las anginas a cientos y miles de niños de Bilbao, donde vivió hasta su muerte hace dos años.

Al lado del almacén de Verón vivía la suegra de Macua, que se casó en Zaragoza con una mujer inteligente, bella y bendita. "Ahí vive mi suegra", decía Andrés. Las suegras tienen mala fama en las coplas baturras. No era el caso. Los de Verón cierran la tienda entre el 9 y el 23 de octubre. ¡Fiestas, no, gracias! Pero estaba el escaparate diciendo comedme. Tomé nota de algunas de las semillas en oferta. Helas aquí: guisantes Lincoln, espinaca Viroflay, guisante Muchamel, tirabeque, escarola rizada, col Milán, rabanito de punta blanca, zanahoria nantesa. pepinillo Wisconsin, borraja movera, lechuga romana, melón tendral. Y dos ristras de ajo en redes. Y un paquete de yuca abierta en dos
Última actualización en Sábado, 12 de Octubre de 2019 20:57