TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Sevilla. Crónica de Barquerito: Un rumor: la última de Morante en Sevilla.

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Sonado fiasco de una corrida impropia de Garcigrande

 

Inédito con el capote, Morante firma una espléndida docena de muletazos con un toro reservón y corta por lo sano con un sobrero descompuesto

 

Se corre la voz de que fue el último de su vida en la Maestranza

 

Luque, por encima de las circunstancias, pero demasiado retórico


Sevilla, 27 sep. (COLPISA, Barquerito).- 3ª y última de San Miguel. Bochorno, estival. No hay billetes. Dos horas y veinte minutos de función.

Seis toros de Garcigrande (Justo Hernández). El 4º bis, sobrero

Morante, saludos y silencio. Daniel Luque, silencio y saludos. Borja Jiménez, silencio tras aviso y silencio.

Cerrada ovación para Luis Blázquez, tercero de larga trayectoria, que se despidió del toreo. La banda se arrancó cuando se perfiló para clavar el último par de su carrera.

DESPUÉS DE rematar y desmontar el estribo del burladero de capotes apenas salido, el primero de Garcigrande, castaño lombardo, rellenito, bien hecho, devino en toro extraordinariamente abanto. Remiso, distraído y frío, no quiso ni catar el capote de Morante, volvió contrario y se soltó a punto de huirse. Muy pegado en un primer puyazo de doble ración, pero encelado en el peto, cobró todavía un segundo de castigo. Fue toro tardo y reservón, las fuerzas justas, de trato por solo una mano, la diestra.

Por ella dibujó a gusto Morante lo que iba a contar como el brillo mayor de una corrida por todo decepcionante. La gracia de los ayudados por alto en la apertura sin desplazar al toro sino trayéndoselo a la cadera, y la suerte, trivial, pareció entonces otra cosa distinta. La tanda, de cuatro, tuvo por remate un natural y el de pecho echándose el toro fuera. Hubo dos tandas más de rico acento, por la misma mano las dos, trabajosas por lo parado del toro, la primera rematada con un cambio y un desplante primario; la segunda, abierta con trincherilla, fue, como las previas, de cuatro a compás y a pulso. Eso fue casi todo.

Ni uno por la izquierda por donde no hizo otra cosa el toro que probar. Tras una pausa de meditación, Morante abrochó con toreo de pitón a pitón, tan caro de ver ahora, y una estocada atravesada. La banda de Tejera, que tan poco le quiere, se quedó mudita. A Morante lo sacaron a saludar. Y saludó desde la boca del burladero, tributo a formas de otra época. Para el cuarto toro le habían reservado los músicos el Suspiros de España, tan de ceremonial. Pero no hubo caso.

Ni el cuarto, que volvió el caballo en un puyazo tomado por libre mientras Morante y su gente reclamaban su devolución por reparado de la vista, y el palco cedió en medio de una creciente protesta, ni menos todavía el cuarto bis, sobrero lustroso y descarado que se frenó a los capotes, pero, descompuesto, cobró lo que no está escrito en dos puyazos a la defensiva, esperó y perdió las manos en banderillas y le duró vivo a Morante minuto y medio. “¡Mátalo!”. Y a la primera.

La primera y la última porque, como reguero de pólvora, corrió el rumor de que sin dar un cuarto al pregonero Morante tenía decidido que el cuarto toro de la corrida fuera el de su despedida de Sevilla. Se había comentado que para la ocasión iba a estrenar un terno inspirado en otro que Gallito estrenó en Lima hace más de un siglo. Un modelo fuera de catálogo. Nada. Un rabioso bermellón y oro que parecía de estreno. El toro del adiós o hasta la próximo fue pitado con fuerza en el arrastre. Lo había sido con menos motivo un tercero demasiado terciado que galopó de partida y hasta metió la cara, pero se vino abajo clamorosamente y, afligido, terminó reculando. Borja Jiménez no le dio la menor opción.

Cumplida media corrida con su imprevista propina, el espectáculo estaba bajo mínimos. Morante, protagonista, pero el chasco era de época, es decir, de los que tardarán en olvidarse. Con la moral a prueba de bomba, Daniel Luque hizo muchas de las cosas que sabe hacer con el segundo garcigrande, lo pasó y repasó en un palmo de terreno, a su antojo, con la autoridad que lo distingue, pero, justo de poder, el toro acabó metiendo la cara entre las manos y pidiendo la cuenta. Los dos quites que después de varas firmaron Luque, por tijerillas, y Borja por chicuelinas, le quitaron, y nunca mejor dicho, la docena de viajes que, fuera de las rayas, tal vez tuviera el toro en la reserva.

Y casi al calco después, con un hermoso quinto burraco, que antes del caballo, se lanzó en las cinco verónicas de recibo cosidas con tres chicuelinas y abrochadas con un lánguida larga traída por delante. De nuevo quites largos, un exceso. Luque, por una suerte de propia invención, soltando el capote a una mano, y Borja, por delantales rematados no con una media sino dos y casi tres. Una faena de serios propósitos -ayudados encadenados en tablas de partida- pero frustrada por la elección de terrenos y el propio fondo del toro, que se fue apagando sin disimulo. Luque cerró columpiándose entre pitones, pero sin despertar sospechas ni asustar a nadie. Mató de un sopapo fantástico. El sexto se echó dos veces o tres y la gente perdió la paciencia.

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Cuaderno de Bitácora.- En los escaparates de la tienda de grabados, láminas y mapas antiguos de la calle Bailén no hay una sola estampa de tema taurino. Se habrá agotado el fondo. Están los mapas de Sevilla de siempre: 1617, 1638, 1771 y 1964. Sería muy atrevido decir que la ciudad no ha cambiado tanto en todo ese tiempo. Y más a partir del año 92 o "año de la Expo". Pero la ciudad del XVII todavía es reconocible.

Y la del mapa de Olavide (1771), todavía más. Hay dos mapas nuevos: uno de Mahón tomado frente a la isla del lazareto con la galeras guardando cuarentena y otro de Bilbao que es un dechado de imaginación porque cualquier parecido entre la villa del XVIII y la del mapa es mera coincidencia. Las Siete Calles, sí, alineadas en perpendicular con la ribera del Nerviòn, el puente y la iglesia de San Antón, la cúpula de la catedral, San Nicolás también. Pero del paisaje de fondo han borrado el monte, ni rastro de él, y el meandro del río está tan exagerado que se desfigura. Un río imposible.

Hay una lámina esplèndida del Salón de Embajadores del Alcázar, otra de la Giralda vista desde Placentines, las dos, de una precisión admirable, y también una de la Avenida y la Catedral tan imaginativa como la de Bilbao.

O más todavía.
Última actualización en Lunes, 28 de Septiembre de 2026 12:34