Apenas un noble cuarto salva el honor del ganadero
Talavante, gaseoso
Pablo Aguado, serio
Confirmación de alternativa de Roberto Jarocho, por encima de las circunstancias
Madrid, 4 oct. (COLPISA, Barquerito)
Las Ventas. 3ª de la feria de Otoño. Bochorno. Lleno. 22.000 almas. Dos horas y veinte minutos de función.
Seis toros de Domingo Hernández. El 2º bis, sobrero.
Talavante, silencio en los dos. Pablo Aguado, silencio tras aviso y silencio. Roberto Jarocho, que confirmó la alternativa, silencio en los dos.
EL TORO DE la confirmación de alternativa de Jarocho, el mejor hecho de los seis, las manos por delante, suelto, quebrado por un primer puyazo severo, encelado con el caballo en estéril combate, se desinfló desfogado y antes de banderillas ya se estaba apoyando en las manos. A pesar de todo, Talavante salió en su turno a quitar, capote de dimensiones más que notables. No llegó ni a quite el intento y, sin embargo, Jarocho se sintió obligado a replicar. Cuatro lances y medio. Buenas maneras. Las iba a confirmar en el sexto con verónicas de sello propio, bien dibujadas, de corto vuelo. Llamaron la atención. Mansito descastado y desganado, el toro de la réplica claudicó en cuanto Jarocho pretendió bajarle las manos. La muleta por delante. Y ni así. Apenas un empeño por la mano izquierda. Con ella cuajó de novillero aquí mismo y hace año y medio dos tandas memorables. Pinchazo hondo, metisaca en los bajos.
Torcida empezó la corrida de Domingo Hernández. Torcida sin enmienda con apenas el paréntesis de un cuarto toro que dio en la muleta buen juego pero se fue encogiendo poco a poco. Talavante no hizo fortuna de él, sino que, acelerado, despegado, midiéndole con injustificada desconfianza y perdiéndole pasos, dejó pasar en blanco la única oportunidad de la tarde. Una airosa apertura de faena en tablas, delante de la puerta de Madrid, fue falsa promesa. Ayudados por alto, trincherillas y naturales en manojo seguido de algo más de media docena de idas y vueltas.
El toro de la devolución de trastos calamocheó de manso en el caballo. Malos apoyos. Estaba cantada su devolución por inválido. Pañuelo verde tras un segundo puyazo cabeceando y claudicando al salir. El sobrero, 615 kilos, grandullón, cornicorto y brocho, desató las iras de los censores –“¡To-ros, to-ros, toros…!”-, esperó en banderillas y no pudo con su almas. Por debajo y por delante, una especie de faena de castigo. Más o menos. Y un trallazo criminal cuando Talavante se puso por la izquierda sin fe. Pinchazo, entera atravesada, dos descabellos.
Abanto de partida, el tercero se escupió del caballo dos veces, pero cobró en un tercer encuentro. En señal de mansedumbre manifiesta, volvía contrario. Pablo Aguado se esmeró en cuatro lances despaciosos, refinados, acariciada una embestida regañada. La cara arriba en la muleta, que el toro tomó sin duelo primero pero punteando después. Fue mérito de Aguado llevarlo toreado y empapado, consentirle. Pero fue un error pasarse de faena porque el toro terminó por afligirse y entonces cundió la impaciencia. Cuatro pinchazos, un aviso.
La suerte, a la contra, porque el quinto de corrida sacó el instinto defensivo de la mansedumbre antigua. Buscó puertas de escape antes de varas, Aguado lo fijó en los medios con lances de riesgo y buen acento, el toro encontró rsefugio en el peto del caballo y en él se estuvo encelado y refugiado antes de proclamarse como lo que era: un toro pregonado, que escarbó y reculó lo indecible, y terminó aculado en las tablas. Ahí acertó Aguado a cobrar un estocada tendida y ladeada que bastó. Habían pitado el arrastre al tercero. Pitaron más todavía al quinto.
Nadie habría imaginado una corrida de tan mala nota de Domingo Hernández. En esos cálculos, y a punto de llegarse a la dos horas de festejo, asomó un sexto veleto de muy afiladas puntas, corretón, seria lámina. Parecía de otra corrida. Fue el toro de las verónicas tan originales de Jarocho. Cumplidor en el caballo, acusó el castigo de dos varas con entrega y un picotazo trasero, se vino abajo, llegó a oliscar a mitad de un trasteo sereno que no iba a ninguna parte. Después de dos pinchazos, se echó. El último borrón.
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Cuaderno de Bitácora.- SOS: ahora mismo, en la almendra central de Madrid el número de pisos turísticos dobla o triplica al de inquilinos o vecinos de barrio propietarios de vivienda. Las cifras oficiales de registro, las cuentas del Ayuntamiento, no cuadran ni tienen crédito. Los buitres han empezado a invadir el pequeño barrio de Palacio, que parecía mantener la virginidad.
Espejo, Escalinata, Amnistía, Independencia. La política de ocupación de edificios enteros prosigue sin tregua. ¿Qué hacer? En la calle de Preciados resiste una única inquilina desesperada. La escuché en la radio..Los ocupantes de pisos turísticos, piratas o no, dejan la basura a cualquier hora. Etcétera.
En la radio escuché un reportaje de Bru Rovira contando como el barrio pesquero de Tarragona, un clásico de su género, se ha convertido en un reclamo de turistas. Flota pesquera reducida a mínimos. La ruina del pescador. Los atunes de criadero, tan voraces, devoran las sardinas y el boquerón. ¿Qué hacer? Pedir arroz en los nuevos restaurantes del barrio.
Solo para turistas. Arroz del Delta. Del Ebro.





