Bendecido por la fortuna, el torero extremeño, cogido pero no herido por su primer toro, se libra de un grave percance y le corta las orejas a un sexto cinqueño de singular calidad
Corrida distinguida y propicia de los dos hierros de Victoriano del Río
Madrid, viernes, 3 octubre de 2025. (COLPISA, Barquerito).-
Las Ventas. 2ª de la feria de Otoño. Estival. Lleno. 22.000 almas. Dos horas y diez minutos de función.
Seis toros de Victoriano del Río. El quinto con el hierro de Toros de Cortés.
Emilio de Justo, cogido por el primero y dos orejas. Salió a hombros. Borja Jiménez, silencio en el que mató por De Justo y ovación tras aviso en los dos de su lote. Tomás Rufo, leves pitos en los dos.
LOS DOS TOROS de mejores hechuras de la corrida de Victoriano del Río entraron juntos en el lote de Emilio de Justo. Esbeltos, largos, armados, de muy particular personalidad. El primero galopó de salida con un son extraordinario. Fijeza y nobleza sobresalientes, templada codicia, venido arriba después de banderillas, no llegó a verse completo en la muleta. En un exceso de confianza, Emilio de Justo se vio empalado por el pitón derecho cuando por primera vez se estiró fuera de las rayas. La caída a plomo y en horizontal, pérdida de movilidad y tal vez sentido, produjo pésima impresión. Borja Jiménez, en turno obligado, se limitó a un breve trasteo para buscar la igualada.
El cuarto de sorteo, jugado en sexto lugar -Emilio, contusionado en el costillar, no salió de la enfermería hasta entonces-, deslumbrado y sin querencia definida en los dos primeros tercios, pronto y al ataque en banderillas, rompió y descolgó en la muleta con insuperable cadencia y sin hacerse esperar. Desde el primer viaje. Una manera singular de embestir. Y una regularidad tal que de principio a fin de una faena profusa las idas y repeticiones parecieron todas al calco, como si se tratara de bravura programada.
Mucho más acompasado Emilio de Justo por la mano derecha que en dos tandas finales un punto aceleradas por la izquierda, el toro se prestó a todo y en todas las bazas. Hasta en la hora de cuadrarse para la muerte se dejó sentir su fondo inagotable. Llevaba el hierro de la casa, fue uno de los dos cinqueños del envío y confirmó la tesis de que, en el caso de Victoriano del Río, los cinqueños de nota son de categoría superior. Con su seria pero armónica arboladura, fue, además de bravo, un toro de dulce, conjunción nada común.
No había noticia del percance de Emilio de Justo, pero se daba por hecho que estaba fuera de combate. Se habían corrido los turnos de salida. Después de arrastrarse el quinto, se produjo la sorpresa: Emilio salió de la enfermería. Con gesto dolorido, cojeando ligeramente, pero listo para la pelea. La ovación más cerrada de la tarde cuando asomó por la tronera para dar permiso a la suelta de un toro que iba a darle gloria. En alas del clamor público, vino, tras brindar desde el platillo, una faena de alarde ligada y firme, toda entera sin ayuda de la espada, tan solo en juego y blandida con la diestra la muleta, que el toro tomó sin duelo una y otra vez. Sin simular ni disimular el dolor de la lesión de costillas, por abajo el muletazo, apenas enganchado al vuelo, compuesta la figura, a placer y seguro el torero, que se adornó en los remates con trincherillas, o el doble moliente cosido con el de pecho. Y una estocada letal.
Bondad tuvo la corrida toda. No solo el lote de Emilio. El de la cogida, avisado después del revuelo de quites al torero caído, acabó en tablas y puesto por delante. De dócil nobleza, el primero de lote de Tomás Rufo, ahormado en dos tandas de prueba, se abrió generosamente. Al hilo del pitón el torero toledano, castigado por los censores cuando quiso sin éxito torear por fuera. No más afortunado con el sexto de sorteo y cuarto en liza, el toro que desigualaba por traza la corrida, muy castigado en el caballo, algo parado. En un solo terreno una faena de perder pasos sin apostar. Con las fuerzas justas, frágil, penalizado por una lidia desacertada, el tercero de corrida, un punto aplomado, tomó engaño con claridad. Con ambiente a favor, incondicional,
Borja Jiménez, aparatosa apertura de cambiados y un desdén de broche, firmó excelentes pases de pecho pero en una faena sin ritmo, a ratos teatral, postura despatarrada, final entre pitones y una estocada caída soltando engaño tras un pinchazo.
Solo al echarse por delante a suerte cargada se volvió a encontrar Borja el favor de su gente. Chillón, tesonero, en busca del arrimón, no encontró el modo con el quinto, un toro que, siendo corto de cuello, humilló y dio para más.
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