Pródigo, virtuoso, inspirado, pulso privilegiado, el torero de Gerena firma una obra maestra para la colección de trasteos raros de la historia moderna
Sevilla, sábado, 27 septiembrr 2025. (COLPISA, Barquerito).- 2ª de San Miguel. Encapotado. No hay billetes. 12.500 almas. Dos horas y veinte minutos de función.
Seis toros de Garcigrande (Justo Hernández)
Talavante, silencio en los dos. Daniel Luque., saludos tras aviso y una oreja. Borja Jiménez, vuelta al ruedo y silencio.
INVISIBLE, apático, tal vez atorado, premioso, distante y despegado, Talavante fue pesado lastre. Encelado en el peto el primero de Garcigrande, castigado con un exceso de lances de brega del propio Talavante, que pareció estar tomándole la temperatura al toro más transparente y, molido en el caballo, el más endeble de la corrida. Una lidia abusivamente morosa no convino al toro. Los doblones de castigo en la apertura de faena fueron una especie de puntilla anticipada. Rendido y desinflado a los diez viajes, echó los bofes el toro. Una estocada desprendida.
Un segundo y un tercero de vivo nervio, picado trasero el uno y al relance y corrido el otro. Los dos se emplearon en el caballo. Dieron juego los dos. Daniel Luque, tan resuelto como suele, le ajustó las tuercas al segundo, optó por un templado trasteo de poder, muletazos enroscados, ligados en dos tandas, pero se encontró con las protestas y el revolverse del toro por la mano izquierda. Se torció el rumbo, remontado por un elocuente tirabuzón de siete rizos final y una estocada trasera. Cuando el toro rodó al segundo golpe de verduguillo, sonó un aviso.
Desconfiado en el recibo de capa, Borja Jiménez abrió a toda trompeta: cambiados por la espalda cosidos con una tanda notable con la izquierda y trincherilla. Se arrancó la banda con un pasodoble de los orejeros: Fiesta en la Caleta. Trabajosa y trabada, la faena fue de corto carrete y justa de ideas, apurada por la mano izquierda, que tan clara había parecido en la apertura, y destemplada por la diestra. Falto de gobierno, se rebrincó el toro. Un final aparatoso en distancia cero. El toro dio para más. Una estocada cobrada con fe.
En manos de Talavante estaba refrescar la fiesta. Un precioso y largo cuarto toro, con más cara que cualquier otro, y con la particularidad de ser astiverde, según la vieja terminología clásica: astas grisáceas, pitones negros. Toro sin fortuna, ligera lesión en la mano derecho, manifiesta bonanza, suave son. En el remate de un quite de Luque, se dejó sentir el buen aire del toro, que tomó engaño por abajo y también abriéndose. A pesar del compromiso de un brindis al público, Talavante no se decidió. Al hilo del pitón, apenas algún apunte de muletazo suelto. Huno runrún y murmullos censores. Una estocada atravesada. Un muermo en toda regla.
Lo que vino a encarecer la corrida y a cambiarle el signo pasó justamente después. Para la colección de faenas raras de ver, por todo singulares, la de Daniel Luque, sereno pulso, posado encaje, dominio magistral de la escena, a un quinto toro que de salida se soltó mucho aunque tomó el capote por los vuelos en lances circulares y de partida pareció la desgana misma propia de la mansedumbre doméstica. Pues no. En una demostración de rampante virtuosismo, Luque, paciente, seguro de lo que hacía, fue embebiendo poco a poco al toro en el engaño, echándoselo al hocico sin violencia, como si la muleta fuera una invitación. La casta dormida y pastueña del toro rompió de repente y para sorpresa de todos con un son cadencioso. En un juego de magia convirtió Daniel la cosa. Faena de prestidigitador. Solo Luque sabrá cómo se obró el prodigio. El flujo de los muletazos, por abajo, despaciosos, traídos a la cadera, ligados sin duelo ni perder pasos, fue después de todo un misterio. Herido de estocada corta trasera, el toro murió de bravo.
Ya de noche, saltó un sexto que se enceló en el caballo, cortó y persiguió en banderillas, se apoyó en las manos y sacó genio defensivo. Abrevió Borja. En tarde muchos quites, tan solo contó uno de tijerillas de Daniel Luque, ya fuera de turno con el segundo toro.
El quite por chicuelinas de Pablo Aguado la tarde del viernes con el segundo toro de Victoriano del Río fue de tal categoría y tales calidades que el canon del lance ha cambiado de signo y va a dejar en evidencia a quienes lo desfiguran. Un quite que ha dejado huella. Convendría pasarlo en las escuelas taurinas. Y no solo.
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Cuaderno de Bitácora.- La coma es un signo de puntuación en retroceso. Víctima del lenguaje de los móviles, se ha ido esfumando. Los viejos gramáticos la echan de menos. No solo los móviles. Por un descuido, se ha colado una no coma en una cartela de la exposición en el Museo de pinturas y esculturas procedentes de la Hermandad de la Caridad. La joya de la exposición son dos lienzos monumentales de Murillo realmente fantásticos.
Los tesoros de la Caridad se deben al legado y patrocinio de Mañara, el legendario pecador arrepentido que creó la Hermandad para socorro de pobres y desvalidos en plena edad dorada de la Sevilla barroca. No había retratos de Mañara, pero los hermanos presentes en su tránsito decidieron guardar la mascarilla del difunto con la intención de que sirviera para un retrato. Se hizo el encargo a Valdés Leal, el pintor de la muerte. En un punto central de la exposición está el retrato de Mañara.
Y ahora la coma que falta:
"Una vez fallecido Mañara realiza dos retratos póstumos con la intenciòn de..." El que realiza los retratos es Valdés Leal, pero falta la coma después del "fallecido", Y...
En uno de los dos cuadros magníficos de Murillo me sobra la cabeza de un camello. Por lo demás, los retratos de personajes de la época son fascinantes.
En el paseíto por Sevilla, tramos cortos, he comprobado que el Europa de la plaza del Pan -la esquina de Alcaicería- ha cerrado para siempre. Fui fijo. Había un camarero hiperactivo llamado Armando que solo me veía una vez al año, una o dos. Y cuando pasaban un año o seis meses sin verme, me lo afeaba: "¿Dónde te has metío...?".
He comprobado que el pedestal de la estatua de Murillo es más alto que el de Velázquez en la plaza del Duque. En Sevilla no hay un solo detalle que no tenga su razón de ser.
Se prepara una biografía de Chicuelo, el creador, según el sabio Pepe Alameda, de la faena moderna. Y de un lance que lleva su nombre. Un genio.





