Una faena de riesgos fuera de lo común pero sin gobierno preciso del toro
Una linda faena de Juan Ortega con el mejor toro de una corrida desigual de Victoriano del Río
Exhibición de Pablo Aguado a la verónica
Sevilla, viernes, 25 septiembre de 2035. (COLPISA, Barquerito)
Sevilla. 1ª de San Miguel. Estival, templado. Lleno. 12.500 almas. Dos horas y treinta y cinco minutos de función.
Cuatro toros de Victoriano del Río. El tercero bis, sobrero. Y dos con el hierro de Toros de Cortés, segundo y quinto,
Juan Ortega, silencio y una oreja. David de Miranda, que sustituyó a Manzanares, una oreja y ovación. Pablo Aguado, aplausos y ovación.
Se despidió del toreo Salvador Núñez, que picó el sexto de corrida. Le tocaron entonces la música y Pablo Aguado le brindó la muerte del toro entre emotivas ovaciones.
DEL TOREO DE quietud y ajuste sin concesiones hizo David de Miranda una formidable exhibición con dos toros de parecida condición. Un segundo apenas picado y de particular nobleza y un quinto de más fuelle pero no tanta entrega. Lances despaciosos en el recibo del segundo y, en la réplica a un soberbio quite de Pablo Aguado por chicuelinas, otro por saltilleras, cinco por las dos manos, y una espléndida larga de remate. Entre la segunda raya y el tercio vino a ser una faena de aguante y firmeza insuperables, en la distancia corta, casi encima pero sin ahogar ni cegar al toro, sino consintiéndole. El gobierno del toro en tales términos fue desigual, pero el encaje del torero de Trigueros pudo con los cortes propios de fluido. Las emociones se desataron.
En los remates de pecho y en los desplantes desafiantes, David se pretendió dueño del toro con su mera y arriesgada apuesta, los pitones rozando las cintas de la taleguilla una y otra vez. En la segunda mitad de faena, tan larga como intensa, llegaron los logros más redondos. Una tanda de tirabuzones, el toreo rizado patente Daniel Luque, de las de más cerca imposible. Y, en fin, una versión transfigurada de bernadinas, la muleta acariciando el lomo del toro, rematada por abajo. Como si el toreo impasible de mínimo juego de brazos y muleta sin vuelo pareciera de paso toreo de repertorio. No se había visto estarse tan quieto a casi nadie en todo el curso. A Saúl Fortes en San Isidro con dos toros de Araúz de Robles. O al propio David de Miranda el pasado agosto en Málaga en una faena espeluznante que muchos compararon con otra legendaria de Paco Ojeda.
Los sobresaltos de la faena del quinto -las mismas razones, apretadísimo el torero, más de una vez a merced del toro, en los medios la exposición- no alcanzaron el nivel eléctrico de los de la anterior, a pesar de dejarse llegar David los pitones al pecho y plantarse de frente en un intento sin logros por la mano izquierda. El remate antes de la igualada fue por la versión Mondeño de las manoletinas del canon. El último inciso en el repertorio antiguo del toreo por alto.
Para entonces se había hecho de noche, iban más de dos horas de festejo y pesaba en el ambiente la distinguida faena de Juan Ortega con el mejor toro de la corrida, un cuarto de ritmo, entrega y codicia singulares. Al toro le había hecho David de Miranda un gracioso quite por tijerillas. Antes, Ortega le había pegado dos verónicas de compás y una media monumental. Abierta con airosos ayudados improvisados -el toro se le vino encima cuando, montera en mano, iba a brindar al público-, la faena tomó cuerpo en una tanda de muletazos genuflexos y, sobre todo, en una segunda en redondo algo acelerada pero rematada con el de pecho. No hubo entendimiento por la mano izquierda y Ortega volvió a la mano mejor del toro, que llevaba las orejas colgando y se arrastró con solo una. La vuelta al ruedo, muy pavoneada, se vivió como un acontecimiento. No fue para tanto.
Inválido el primero, que cabeceó por falta de fuerza, descompuesto en taponazos un sobrero tercero badanudo que manseó a modo en el caballo, listo un sexto agresivo que rebañó por las dos manos y tuvo un punto de toro tobillero: esos tres toros contaron en el debe de una corrida muy de las de Victoriano del Rio -toda cuatreña para variar- donde siempre anida una sorpresa. Pablo Aguado toreó a la verónica con impecable asiento y de salida a los dos toros de lote. Breve con el sobrero, se empeñó con el otro, el más difícil de la corrida. Trato suave del toro, que lo midió mientras plegaba muleta en desplantes concebidos como suerte activa, y a última hora, un natural prodigioso, de antología. Pero solo uno.
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Cuaderno de Bitácora.- Me he quedado con las ganas de saber a qué sabe el Puchero ibérico de Cortegana que se vende para llevar en el que me parece⁸ mejor puesto de chacinería del mercado de San Gonzalo. Fui a pasar revista esta mañana a los paneles que cuentan la historia del barrio. La Triana mayor, la de la Dársena y el Muro, la de las barriadas diversas con su causa común. El Tardón, el Turruñuelo, el Carmen, el barrio León, la ciudad jardín de San Gonzalo. Y la plaza del tranvía, de San Martín de Porres, que separa las nuevas Trianas de las Trianas antiguas, la marinera y la alfarera. Donde el tranvía de Camas y La Puebla termina recorrido San Jacinto, la calle arteria, ejemplo de vitalidad urbana y comercio de barrio vivo. Las acacias gigantes del tramo entre Pagés del Corro y la Ronda son de un porte fantástico. He visto el mojón del ficus centenario del jardín de la parroquia de San Jacinto, talado por necesidad la pasada primavera. La tenencia de alcaldía, edificio noble de la escuela Aníbal González, se titula de "Triana y Los Remedios", como si Los Remedios no fueran Triana.
En mi barrio han terminado de embellecer la casa que fue de don José Gestoso. ¿Un hotelito?





