TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Madrid. Crónica de Barquerito: "Perera y Emilio de Justo, corazón y cabeza, y una imponente corrida de La Quinta"

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Una faena de intensa emoción de Emilio con el mejor toro de los seis y dos exhibiciones de Perera, una de ellas con el toro más difícil de lo que va de feria

Gran espectáculo


Madrid, viernes, 17 de mayo de 2024. (COLPISA, Barquerito).- Plaza de "Las Ventas". 7ª de la feria de San Isidro. No hay billetes. 24.000 almas. Fresco, soleado. Dos horas y cuarenta minutos  de función. Seis toros de La Quinta (Álvaro Martínez Conradi). Perera, saludos tras dos avisos y vuelta tras aviso. Emilio de Justo, ovación y vuelta tras dos avisos. Ginés Marín, silencio tras aviso en los dos.

Germán González picó al quinto a modo. Ovacionados en banderillas El Fini Díez, Vicente Herrera, Morenito de Arles y Abraham Neiro.

POR CIENCIA Y competencia, la primera de las dos faenas de Perera, que fue de dos mitades y en dos terrenos opuestos tras un cambio de escenario bien pensado: del tercio de sombra, donde el toro de La Quinta se soltaba y amenazaba con rajarse, a las tablas de sol, donde el toro terminó por quedarse y rendirse a la muleta de Perera, blandida con tanta delicadez como autoridad.

Por valor, exposición y entrega, la segunda de las dos del propio Perera con un cuarto de corrida, armado con dos ganzúas formidables, listo y revoltoso que, frenado a mitad de viaje, no paró de meterse por debajo y de pegar cabezazos de escalofrío cada vez que lo hizo, y lo hizo muchas veces.

Y por emoción, por corazón y cabeza, por las tres cosas a la vez, la faena de Emilio de Justo al quinto de la tarde, que fue, con su listeza por la mano diestra y su espléndido son por la siniestra, el toro de la corrida, el más importante de los seis, el más bravo y el de mejores hechuras también. No se había aplaudido de salida a ningún toro de la feria. A este, sí. No solo por galopar en cuanto asomó. También por su seria armonía. Una auténtica estampa.

Con la excepción de un sexto disparatado -630 kilos-, la corrida de La Quinta, toda entera cinqueña, fue un catalogo en toda regla de la ganadería, la única presencia del encaste Santa Coloma en San Isidro. De seriedad apabullante. De un lado, la propia de la edad. De otro, el rigor de su presentación. Y, luego, su variada condición, porque no hubo en ese punto ni dos parecidos. El más tranquilo y claro, el tercero, con el que no se entendió Ginés Marín. El más caprichoso, un segundo que metió la cara de salida -los mejores lances de recibo de toda la tarde, a compás abierto y genuflexo Emilio de Justo- y solo quiso en la muleta cuando vino enganchado por el mismo hocico, y no fue sencillo llegarle. Faena laboriosa de Emilio de Justo. De más a menos, suele decirse.

De modo que la corrida se sustanció en los dos turnos de Perera y Emilio de Justo. Con particular intensidad cuando Emilio fue cazado y volteado por el quinto, que llegó a tenerlo entre las manos pero sin herirlo, y, sobre todo, cuando, rehecho y arrebatado como un novillero, volvió a la cara del toro para descubrir que la mano izquierda era un filón inesperado. Una primera tanda de cuatro ligados fue la joya de la faena. Siguieron dos más de uno en uno, de rico vuelo, celebrados con auténtico rugido, y el postre de toreo por delante para sacarse el toro a los medios, cuadrarlo en el platillo en medio de un silencio dramático y atacar con la espada para dejar una estocada ladeada sin muerte. Cuando estaba a punto de doblar el toro, se precipitaron dos toques inoportunos que lo sostuvieron de pie. En tablas, tapado, no dejó a Emilio acertar con el verduguillo hasta el quinto intento. La vuelta al ruedo fue clamorosa.

Y no tan intensa, pero sí de merecido reconocimiento, la de Perera después de haber resuelto con agallas de torero macho la auténtica papeleta de la corrida, el cuarto toro, incierto y pegajoso, con el aire predador que delataba el sentido de la sangre Saltillo. Era el último de los cuatro toros que Perera mataba en San Isidro y la faena fue prueba de que está dispuesto a celebrar los veinte años de alternativa con ilusión de principiante, pero con el talento del torero poderoso que es ahora más que nunca, que es mucho decir, y porque ve toro en todas partes. Y su ejemplar faena primera fue la prueba.

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Cuaderno de Bitácora.- Una columnista de los jueves en El País, de la que soy fiel lector, rizó ayer el rizo de las trampas verbales. Para decir que no  recuerdo qué cosa le había puesto los pelos de punta se descolgó con un "izar los vellos" que no sé si es una invención barroca o un pequeño disparate. ¿Los pelos como escarpias?  Los pelos de punta, también. Pero izar los vellos...

Pero cuando el quinto toro de la corrida de La Quinta prendió a Emilio de Justo, lo volteó y estuvo a punto de partirlo por la mitad, se le izaron los vellos a la inmensa mayoría. De metáforas alambicadas está el lenguaje taurino tan plagado, para bien y para mal, que mejor no entrar al trapo. ¿Qué trapo?

Conviene seguir con atención el asunto de las monjas cismáticas de Belorado y su devoción inmobiliaria. Todos los caminos llevan a Roma. O eso parece. En Belorado, a medio camino entre Burgos y Logroño, había y no sé si seguirá habiendo un comercio excelente de prendas de piel a muy buen precio. De piel y sucedáneos. Los mercados de Burgos fueron célebres en la edad de oro de Castilla. De lana. Y ahora, fruta del tiempo, el inmobiliario.

Lázaro Carreter dejó claro un día que "el vello", sí, pero "los vellos", nunca. Amén...
Última actualización en Viernes, 17 de Mayo de 2024 21:19