TOROS. La corrida de Arles. 6 de abril de 2015
Arles: 6ª de Pascua
Bravos ibanes, muy notable Juan Del Álamo
El torero de Ciudad Rodrigo –corazón, ambición, sitio y cabeza- cobra un valioso botín de tres orejas. Particularmente templado y listo con un sobresaliente tercero de corrida.
Arles (Francia), 6 abr. (COLPISA, Barquerito)
Arles (Francia). 6ª de Pascua. 4.000 almas. Soleado, primaveral, algo de viento. Seis toros de “Baltasar Ibán” (Cristina Moratiel). El Cid, silencio y silencio tras un aviso. Joselito Adame, saludos tras un aviso y aplausos. Juan del Álamo, una oreja y dos orejas. Picaron con gran acierto Paco María y Óscar Bernal a tercero y sexto. Javier Gómez Pascual, cogido por el tercero en banderillas, herido en el pómulo.
LA GUINDA TORISTA de la Pascua de Arles la puso una brava corrida de Baltasar Ibán. Hermosa, variada y desigual. Sin ser particularmente ofensiva –muy astifino el sexto, y eso lo distinguió de los demás-, fue corrida de cara presencia. El trapío es apariencia y seriedad. Un toro cinqueño, que rompió plaza, con la hondura propia de la edad. Cuatreños y bien hechos los cinco restantes. De bello cuajo segundo y tercero. Ovacionado de salida el quinto.
No solo el escaparate. Los seis fueron bravos en el caballo: de largo se arrancaron todos, pero no todos pelearon igual. Los dos picadores de la cuadrilla de Juan del Álamo, Paco María Cenizo y Óscar Bernal, certeros y valerosos, buenos jinetes, lucieron sendos tercios de varas. Y se celebraron los dos.
Los toristas del país reclamaron hasta un tercer puyazo para el tercero de corrida, el picado por Paco Cenizo, pero no quiso el palco. El toro, que arreó en serio y se vino arriba luego, lo habría admitido. Son cosas que después se descubren. Ese fue el toro de la tarde: el más completo y pronto, el de más ganas de pelea de los veinticuatro en puntas jugados en la feria, Con su ritmo agresivo, su entrega y su punto fiero. “Camarito”, número 44. De reata reconocida en la ganadería.
Con el toro de la feria estuvo hecho un jabato Juan del Álamo. Encajado y templado en el saludo de capa –el toro al ataque, el rabo enhiesto, desfogándose en cada viaje-, listo para lidiar sin un capotazo de más, y bravo, ambicioso y seguro a la hora de la verdad, que fue la de ponerse delante sin trampa ni cartón. Tragar, aguantar y acompasarse. Dar al toro la distancia donde más brioso se venía. Ligarlo sin perderle pasos ni tomarse ventajas.
Faena de gran corazón, siempre sostenida y, sin embargo, faena a más. De emoción. Dos tandas con la izquierda –una de ellas, de hasta cinco ligados y el de pecho- fueron espléndidas. La música tardó en arrancarse; la gente, no. El tercero de cuadrilla, Gómez Pascual, se había llevado en banderillas una cornada en el pómulo. Ni eso fue rémora. Una estocada tendida. Recostado contra tablas, tardó en doblar el toro. Lo levantó el puntillero, un aviso, una oreja, casi dos.
Las dos le dieron al torero de Ciudad Rodrigo del sexto, que fue con diferencia el más complicado de la tarde. Toro degollado, negro bragado, de hechuras y estirpe distintas al común de la corrida. No muchas fuerzas –soberbio el segundo puyazo de Óscar Bernal, el palo echado a la mexicana, y ovacionadísimo por eso- y el estilo pegajoso propio de la casta sin poder, que es tan incómoda. Como algún toro de Victorino, por ejemplo.
Sopló viento de última hora. Del Álamo buscó dónde. Y acertó con la fórmula: paciente, la muleta al hocico cuando el toro empezó a revolverse, valor frio para tragar dos parones, sueltos los brazos, seguridad rampante y faena de menos a más. Soberbios los de pecho. Hasta llegar a tener en la mano el toro. Nada sencillo. Una estocada hasta la bola. Sin puntilla el toro, que se arrastró entre ovaciones. Sacaron a saludar al mayoral.
El primer ibán descabalgó y mandó al callejón en la primera vara a Juan Bernal. Fue toro tardo, un punto reservón, agarradito al piso. El Cid no se confió ni pasó apuros. Cobró media estocada muy habilidosa, acreditó su seguridad con el verduguillo. El cuarto entró en el cupo de los bravos. Siempre dispuesto y alerta el toro, que medía bastante. De perfil y abierto El Cid siempre. El toro parecía ver el hueco. Faena de cabotaje. De mucho oficio.
Los dos toros de Adame fueron los de mejor trato: el quinto, aunque de mucha calidad, pecó de flojo y después de dos o tres claudicaciones llegó a derrumbarse o volcar. ¿Enfermo? El segundo, que lucía una hermosa pelliza de invierno, tuvo muy buen son. Adame se templó con ese toro casi dulce –dulzura bravita- pero no le vio la muerte y, en feria de faenas interminables, pecó de corto el empeño. Al quinto no fue fácil tenerlo sujeto a pulso.
CdB 6 de abril. 2020. Escrito de confinamiento (4)
La caza del oso
Madrid
Un circuito
Desayuno con jengibre
Una Rambla.
Antes de salir de casa y después del desayuno, estuve metido en la edición digital de La Republica. Y dentro de ella, en la historia del oso Papillon, célebre por su talento fugitivo para esquivar trampas y evadir batidas y celadas a las que ninguna fiera de especie alguna habría podido sobrevivir. Descargas eléctricas, cercado por tierra y por aire, Papillon supo esconderse en los tupidos bosques del Trentino y Bolzano, y esperar a solas la hora del sueño con que a lo largo de cuatro meses reposa en su secreta osera ajeno a dolor o placer.
Como el invierno en la Italia alpina ha sido corto y casi cálido, el letargo de los osos ha durado este año demasiado poco. Al despertar, guiado por su instinto laminero, el oso busca en su entorno la huella del hombre. La huella conduce a cocinas y alacenas de la gente montañesa. Las casas y cabañas de la población rural del Tirol italiano. No existe una Italia vacía, digamos. Los osos habían ido desapareciendo del país, pero, casi extinguida la especie en suelo italiano, se tomó la decisión de reintroducirlos en su primitivo enclave. Se importaron osos de la vecina Eslovenia. En el Tirol criaron como el exiliado que vuelve a la patria al cabo de largo destierro y reconoce feliz su tierra.
No sé cuánto se habrán multiplicado las familias úrsidas después de su regreso. Lo que sí he aprendido es que el oso tirolés ha aguzado su afán depredador. Depredador de mieles, mermeladas y confituras que encuentra en arcones y desvanes con olfato parecido al de los puercos truferos de Soria, Huesca o Teruel.
La glotonería tiene efectos devastadores. Antes del postre, que nunca le sacia, el oso destroza a su paso el obstáculo que sea, rompe puertas si no le cabe el cuerpo por las ventanas de las cabañas, asalta la vivienda y asola cultivos y campos. Y no es solo Papillon el gran coloso, el grandísimo goloso inaprensible. Son sus hermanos, primos y sobrinos. Y sus parejas. Nadie renuncia al cebo escondido. El hambre del despertar no respeta ley alguna.
Se ha decretado el estado de alarma, que se suma al de la vecina región de Lombardía, donde un día del pasado febrero y en la ciudad de Codogno fue detectada la presencia del virus que ha sembrado el continente de una nueva peste desconocida. El virus vino en el equipaje de un viajero procedente de Hubei, una próspera región de la China interior mandarina. Un turista italiano.
En la inmensa ciudad de Wuhan, capital de la región, subsisten los mercados de animales. Con uno de ellos, el mangolín, se trafica en el sudeste de Asia, La medicina popular y tradicional le atribuye propiedades curativas. Al mangolín, a su lengua y sus escamas, se atribuye ahora la causa de la plaga inclemente que nos castiga y confina. Y, entonces, comparando las dos cosas, el oso pardo rescatado del destierro nos parece un animal doméstico. Y la historia de La Repubblica, una deliciosa lectura de evasión. Como los cuentos de osos para niños. A los niños les gustan los osos. De felpa, de peluche también.
Sería contagio del oso: después de comprar en Puerta Cerrada la prensa, los pasos me llevaron al obrador de la carrera de San Francisco en busca de pastas de jengibre, que tienen poderes muy saludables, y, de paso, de medio pan de espelta rebanado, un bollo dulce de pan quemado y de pan quemado un pudín que me cené hace un rato. Con un yogur de vainilla. Vainilla de Madagascar.
No fue ni después de letargo –confinado, duermo poco y con poco me basta- ni con el ansia en tromba del oso galamero, sino a paso liviano. Sin despertar sospechas de paseante furtivo, pero por un recorrido circular, como el del águila imperial antes de hacer presa. No hay una línea recta propia que lleve desde Puerta Cerrada hasta San Francisco el Grande, pero, si se toma la Cava hasta Puerta de Moros y se baja la carrera, el trayecto es parecido al vuelo de la saeta.
En cambio, hacerse la calle del Nuncio entera, cruzar la costanilla, tomar Príncipe de Anglona, hacer por la zona enlosada la travesía de la Plaza de la Paja, seguir Redondilla hasta el cruce con Yeseros, cruzar Don Pedro y tomar la calle de San Isidro Labrador hasta la esquina misma del Obrador, todo eso, es darse una especie de paseo prohibido.
No un largo paseo, pero qué plácido. Nublada la mañana, fresca pero templada, sin viento. Nadie en la calle. El jardín de Anglona estaba cerrado. La mejor perspectiva de la torre de San Pedro se tiene desde la calle del Príncipe y unos metros antes de confluir con la plaza. Se tiene la sensación de que la torre está ligeramente inclinada. No solo la sensación.
En las tertulias del Kairós, hace ya tiempo, sostuve una noche la teoría de que la de San Pedro podía compararse con la torre de Pisa. Salvando distancias, estilos y maneras de ser porque no hay dos torres que menos se parezcan. Y, sin embargo, contemplada desde donde me gusta contemplarla, la torre parece exenta. Y si prescindes de campanario y tejado, asoma su regusto de minarete.
He visto en la Plaza de la Paja cerrado y traspasado El Estragón, que fue el primer y único restaurante vegano del barrio. Y, en la cuestecita de Granado, en la trasera del colegio de San Ildefonso, un árbol de Judas crecido y florecido, tupida copa de brillante fucsia.
Las ventanas y miradores del edificio de la plaza del Granado con Mancebos están sembrados de pancartas denunciando que el arzobispado, propietario de la finca, la ha vendido a un fondo buitre. La taberna Sanlúcar, auténtica pero sin tortillita de camarones, estaba cerrada, como todos los bares.
La cola del obrador se ha ido alargando mientras esperaba a cobrar mi pieza. Con ella en el zurrón he apretado el paso de vuelta al hogar. En el revistero de la entrada del mercado de la Cebada me he encontrado con un folleto de la Fundación Dalí y detalle de sus tres tesoros: el teatro museo de Figueras, la casa de Port Lligat y el museíto de Púbol. Si no se hubiera frustrado el plan, ahora mismo estaría durmiendo en el Hotel Durán, en la tercera planta, con vistas a la calle de Lasauca. Haciendo noche, tres o cuatro noches de camino a Arles. Lasauca fue el ingeniero que encauzó el río y diseñó la Rambla. La Rambla de Figueras, al comienzo de la primavera, es un espacio singular. Espléndido.





