TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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ARLES, FRANCIA. Crónica de Barquerito: "Despedida de Juan Bautista"

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Indultado el último toro de su carrera de veinte años

Ambiente de desatado triunfalismo en el Anfiteatro

Un diluvio de orejas sin rigor, un rabo protestado, dos vueltas en el arrastre

Arles, 7 sep. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 7 de septiembre de 2019. Arles. 1ª de las Primicias del Arroz. Goyesca. Soleado, templado. No hay billetes. 14.000 almas. Tres horas y diez minutos de función. Toros de seis ganaderías. Por orden de lidia, de Núñez del Cuvillo, Garcigrande, Adolfo Martín, La Quinta, Juan Pedro Domecq y Vegahermosa. Indultado el toro de Vegahermosa, Ingenioso, número 19. Vuelta en el arrastre para el de La Quinta, Secretario, número 36, y para el de Juan Pedro Domecq, Jaraíz, número 87. Muy protestada la vuelta del de Juan Pedro. Ponce, que sustituyó a Roca Rey, dos orejas, división tras aviso y dos orejas y muy protestado rabo. Juan Bautista, que se despidió, oreja tras aviso, dos orejas tras aviso y máximos trofeos simbólicos del toro indultado. Picaron muy bien a cuarto y sexto Alberto Sandoval y Puchano.

EL DECORADO de la goyesca de Arles, a cargo de la Fundación Van Gogh, rindió homenaje a una de las más deslumbrantes y sencillas obras maestras del pintor –Los girasoles- y al sol cegador de la Provenza, que tanto le obsesionó durante la corta pero intensa estancia del pintor en Arles. En los cuatro burladeros del anfiteatro se habían pintado otros tantos soles con su cerco. Un sol de otra dimensión, en el portón de toriles.

En el telón mayor detrás de la presidencia lucía una copia a escala de Los Girasoles. La arena se tiñó de polvo amarillo, pero, dentro de rayas, unos manchones de tono oliva interpretaban por libre el cuerpo mismo de las flores solanas. La segunda barrera que circunda el ruedo estaba oculta por una larguísima banda corrida de tejido amarillo chillón. A pesar de lo llamativo del reclamo, el decorado fue sobrio y severo. Solo que las dos capas de polvo tintadas en el ruedo no compactaron. Tal vez por falta de tiempo. El decorado se ejecuta durante la noche previa a la corrida y esta vez un viento bastante fuerte debió de dificultar la tarea. Hubo que regar hasta cinco veces a lo largo de la corrida. Durante la lidia de los dos primeros toros se levantaron cortinas de polvo.

Era la despedida sin vuelta posible al toreo activo de Juan Bautista, que anunció aquí mismo hace un año y por sorpresa su retirada. Le puso fecha al último adiós: la primera de las dos corridas de la Feria del Arroz. La célebre goyesca de Arles, que su difunto padre, Luc Jalabert, el fotógrafo Lucien Clergue y el modisto Christian Lacroix idearon hace quince años y convirtieron en un espectáculo particular. La ciudad y su entorno, al servicio de la causa.

Más lleno que nunca el Anfiteatro. Más festivo que nunca el ambiente. Intervenciones heterodoxas y discutibles de orquesta y coros. Una presidencia que se sumó a la fiesta regalando orejas y más orejas, y hasta un rabo muy protestado. Una vuelta al ruedo legítima para un nobilísimo toro de La Quinta, otra de regalo gratuito y muy protestada para el toro de Juan Pedro Domecq y el indulto bien ganado de un completísimo sexto de Vegahermosa –es decir, Jandilla- que tomó tres varas, arreó en banderillas, tuvo no menos de cincuenta embestidas por abajo, de motor menguante, naturalmente, y se resistió a volver al cajón una vez indultado.

Fue corrida de seis hierros. Con mayoría Domecq. Cuatro. Codicioso y noble el de Cuvillo; de mucho recorrido pero algo informal el de Garcigrande, que escarbó mucho; inocuo el de Juan Pedro; bravo el de Jandilla, que a todo quiso. Y minoría de Buendía y Albaserrada. Exquisito el de La Quinta; de mucho interés el de Adolfo Martin, sacrificado en tres puyazos brutales. Antes del tercero se oyeron protestas. Las mutaciones del toro de Adolfo fueron singulares: noble y fijo, pero tardo. Por distinto, le dio a la corrida otro color. Y no solo por entrepelado.

Ponce se embarcó con el de Cuvillo y el de Juan Pedro en faenas largas y planas, de exagerada teatralidad el gesto en las salidas de tanda. A los dos toros los tumbó sin puntilla y de muerte casi súbita. Eso encendería el fuego de la presidenta, que se llevó una bronca por larga de manos. Era nueva en Arles. Con el toro de Adolfo no se entendió Ponce, y se lo hicieron saber desde las gradas altas del anfiteatro, menos consentidoras que las tribunas bajas.

La sorpresa fue ver a Juan Bautista tan fácil y compuesto como siempre pero tras un año de ausencia de los escenarios. La misma voz, el mismo timbre, idéntico fraseo, la misma seguridad. Del toro de Garcigrande sacó notable partido pero en faena interminable. Con el de La Quinta, que es su ganadería de cámara, estuvo tan a gusto que pareció coquetear con la idea del indulto. Le hizo tomar de largo una segunda vara de nota, bien cobrada por Alberto Sandoval. Y, en fin, si el ideal era retirarse del toreo con un indulto de toro, vino a cumplirse con uno de Vegahermosa de calidades nada comunes. Esa última faena de Juan Bautista en su patria fue la más completa de las tres, la más elocuente y ambiciosa. La hizo descalzo. Y la brindó a la memoria de su padre, Luc Jalabert.

Postdata para los íntimos.- Antes del patrocinio de la Alta Velocidad, se pasaba de la España catalana al Rosellón por Portbou o Port Bou. Las guías de los ferrocarriles franceses -diminutos folletos nada fáciles de leer para un profano- escriben Port Bou. La Renfe decidió unir en una sola las dos palabras. De Port Bou a Cerbere se llega a través de un túnel descuidado de dos kilómetros. Es una siniestra frontera.

Cerbere es un pueblo de frontera muerta. Creo que muy triste. La estación, descuidada, con sus colas de migrantes en lista de desesperada espera, es todavía más triste que el pueblo. Pero, si te atreves con sus rampas, empiezas a ver el mar. Y se olvidan las penas. Port Bou tiene otro carácter. La pequeña bahía es una delicia. Playita minúscula, pero está viva. Bañistas hasta la hora de ponerse el sol. La puesta de sol, en el recodo de la bahía casi escondida, no es una cosa cualquiera. El Paseo marítimo, tampoco.

Y, en fin, esa estación término, que, vandalizada, dejada romperse en ruinas, ni un cristal sano, es una de las obras mejor acabadas de la arquitectura ferroviaria nacional. La marquesina, ideada hace noventa años por un ingeniero Torra i Guardiola muy brillante, es una pieza colosal. Por lo ligera. Por su altura. La estación está empotrada en una suerte de montes a cañón. Pues la marquesina le da a ese paisaje tanta prestancia que parece el centro de la tierra. O una cumbre de acero y cristal.

Los edificios de la estación,tomados,del modelo austrohúngaro de arquitectura palacial, pero modelo puesto al día -al día de 1929-, no se están cayendo a pedazos, sino que resisten. Los techos de los vestíbulos aguantan también. Hasta tan alto no alcanzan las garras destructoras de la Renfe, los vándalos y sus secuaces. Igual que la de Irún, la de Port Bou es estación doble. Un andén internacional, adonde llegan trenes procedentes de Estrasburgo. Y otro nacional y transfronterizo; los media distancia de Barcelona llegan a Cerbere. Y vuelven

El viaducto de Colera, penúltima estación de la línea de Madrid a la frontera, es otra obrita maestra del tendido. Parecido al viaducto de Ormáiztegui. No tan alto. Pero el de Ormáiztegui está fuera de uso, y por el de Colera se sigue pasando. Con cierto temblor. El caserío disperso de Colera tiene su gracia. Llançá, con sus playas largas, parece comparada con Colera una ciudad de rango mayor. La gente de Port Bou es acogedora. No todas las ciudades de frontera, ya sabéis.

Y, en fin, Arles está de fiesta. Degustación de arroces camargueses de muchos colores en la plaza de la República en torno al obelisco y frente a San Trofimo. Están limpiando mucho la ciudad, que estaba algo sucia. El paseo por el Quai de la Roquette, esta mañana, cuando más batía el viento, no tiene precio. Manso, el Ródano parecía ajeno al vendaval. No era día de mistral. Se vio en los toros por la tarde. Ni gota de aire. Sí dosis abrumadoras de aburrimiento. De ver cosas cien veces vistas. Cien o mil.

La Roquette estaba como nunca. Cuesta pensar en un barrio pesquero, ya no lo es, tan bien trazado. La piedra blanca de sus viviendas de solo dos plantas, las flores, las paredes y ventanas. las forjas, los llamadores, las puertas, su silencio. Si, cerraron la pastelería de la rue de la Roquette. Pero la place Doumier es toda luz. Estaba cerrada la pastelería tunecina. Cerrada también la ostrería. Los gatos, a sus anchas. También cerró la floristería de la place Antonelle. Nada es eterno.
En el telón mayor detrás de la presidencia lucía una copia a escala de Los Girasoles. La
arena se tiñó de polvo amarillo, pero, dentro de rayas, unos manchones de tono oliva
interpretaban por libre el cuerpo mismo de las flores solanas. La segunda barrera que
circunda el ruedo estaba oculta por una larguísima banda corrida de tejido amarillo
chillón. A pesar de lo llamativo del reclamo, el decorado fue sobrio y severo. Solo que
las dos capas de polvo tintadas en el ruedo no compactaron. Tal vez por falta de tiempo.
El decorado se ejecuta durante la noche previa a la corrida y esta vez un viento bastante
fuerte debió de dificultar la tarea. Hubo que regar hasta cinco veces a lo largo de la
corrida. Durante la lidia de los dos primeros toros se levantaron cortinas de polvo.
Era la despedida sin vuelta posible al toreo activo de Juan Bautista, que anunció aquí
mismo hace un año y por sorpresa su retirada. Le puso fecha al último adiós: la primera
de las dos corridas de la Feria del Arroz. La célebre goyesca de Arles, que su difunto
padre, Luc Jalabert, el fotógrafo Lucien Clergue y el modisto Christian Lacroix idearon
hace quince años y convirtieron en un espectáculo particular. La ciudad y su entorno, al
servicio de la causa.
Más lleno que nunca el Anfiteatro. Más festivo que nunca el ambiente. Intervenciones
heterodoxas y discutibles de orquesta y coros. Una presidencia que se sumó a la fiesta
regalando orejas y más orejas, y hasta un rabo muy protestado. Una vuelta al ruedo
legítima para un nobilísimo toro de La Quinta, otra de regalo gratuito y muy protestada
para el toro de Juan Pedro Domecq y el indulto bien ganado de un completísimo sexto
de Vegahermosa –es decir, Jandilla- que tomó tres varas, arreó en banderillas, tuvo no
menos de cincuenta embestidas por abajo, de motor menguante, naturalmente, y se
resistió a volver al cajón una vez indultado.
Fue corrida de seis hierros. Con mayoría Domecq. Cuatro. Codicioso y noble el de
Cuvillo; de mucho recorrido pero algo informal el de Garcigrande, que escarbó mucho;
inocuo el de Juan Pedro; bravo el de Jandilla, que a todo quiso. Y minoría de Buendía y
Albaserrada. Exquisito el de La Quinta; de mucho interés el de Adolfo Martin,
sacrificado en tres puyazos brutales. Antes del tercero se oyeron protestas. Las
mutaciones del toro de Adolfo fueron singulares: noble y fijo, pero tardo. Por distinto, le
dio a la corrida otro color. Y no solo por entrepelado.
Ponce se embarcó con el de Cuvillo y el de Juan Pedro en faenas largas y planas, de
exagerada teatralidad el gesto en las salidas de tanda. A los dos toros los tumbó sin
puntilla y de muerte casi súbita. Eso encendería el fuego de la presidenta, que se llevó
una bronca por larga de manos. Era nueva en Arles. Con el toro de Adolfo no se
entendió Ponce, y se lo hicieron saber desde las gradas altas del anfiteatro, menos
consentidoras que las tribunas bajas.
La sorpresa fue ver a Juan Bautista tan fácil y compuesto como siempre pero tras un año
de ausencia de los escenarios. La misma voz, el mismo timbre, idéntico fraseo, la
misma seguridad. Del toro de Garcigrande sacó notable partido pero en faena
interminable. Con el de La Quinta, que es su ganadería de cámara, estuvo tan a gusto
que pareció coquetear con la idea del indulto. Le hizo tomar de largo una segunda vara
de nota, bien cobrada por Alberto Sandoval. Y, en fin, si el ideal era retirarse del toreo
con un indulto de toro, vino a cumplirse con uno de Vegahermosa de calidades nada
comunes. Esa última faena de Juan Bautista en su patria fue la más completa de las tres,
la más elocuente y ambiciosa. La hizo descalzo. Y la brindó a la memoria de su padre,
Luc Jalabert.
Última actualización en Lunes, 09 de Septiembre de 2019 20:24