Al cabo de una semana he podido cumplir con el auténtico desayuno de Sevilla de toda la vida. O sea, el café con leche en vaso muy caliente y la llamada "media tostada" con aceite, que es en realidad una tostada entera, Un mollete blanco. En el centro refinado de Sevilla se ha impuesto la moda del desayuno en taza, De aquel oasis francés que era el Colette en la calle San Eloy queda el escaparate. No digo su pintura azul turquesa, ni su panoplia de boulangerie golosa. Digo que se ha perdido la paz, que ahora entran madres jóvenes con carro y bebé, que ya no están aquellas tres dependientas tan charmantes de hace un año y que, horror de los horrores, se ha hecho habitual un señor de los que manchan de aceite el periódico de la casa, que es el Diario de Sevilla. Dos veces he vuelto al Colette, por saber si la culpa era mía. Pero no, Es que en mesas redondas de velador no es fácil desayunar. Las caracolas pequeñas estaban mal descongeladas y los triángulos de integral con cereales, faltos de miga. El servicio es lentísimo, No recogen las mesas desocupadas, que sí, que pasa en la inmensa mayoría de los abrevaderos de la ciudad, pero es que en Colette no pasaba. Ayer por la mañana la dueña estaba decorando el escaparate con rosas amarillas no sé si de tela o de las de verdad. En cuanto al Santagloria de la calle Canalejas, lo de las mesas llenas de restos es sistema. Autoservicio. No vuelvo.
La media tostá, la tostaíta, me esperaba en el que fue bar Victoria de la Plaza del Duque, que ha cambiado de dueños, creo, y ha sido absorbido por la cadena Spala, que es, digamos, y en sentido figurado, una mancha de aceite en el barrio de la Encarnación. Sentado en tu mesa cuadrada -un lujito- y una barra de muchachas de humor bueno y servicio impecable. La tostada en su punto. El café, bueno, de Catunambú. Y el vasito, que es la madre del cordero. Muy barato. El zumo, en el Zafiro, hecho al instante. ¿Doble? Doble.





