TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. Crónica de Barquerito: "Una hermosa faena de Antonio Ferrera"

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Por primera vez en sanfermines, una terna de toreros extremeños, de tres generaciones diferentes

El más veterano de los tres firma las únicas cosas de calidad y relevancia

Pamplona, 13 jul. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 13 de julio de 2017. Pamplona. 9ª de San Fermín. Soleado, 22 grados, algo ventoso. Casi lleno, 18.000 almas. Dos horas y diez minutos de función. El paseíllo, con dos minutos de retraso. Protestó la gente por la demora. Seis toros de Núñez del Cuvillo. Antonio Ferrera, silencio y vuelta tras un aviso. Talavante, una oreja y silencio tras dos avisos. Ginés Marín, que sustituyó a Roca Rey, silencio en los dos. Trabajaron muy bien José Antonio Carretero y Valentín Luján.

SIN SER UNA DE TANTAS, la corrida de Cuvillo fue la menos vibrante, armada o guerrera de todas las jugadas en la octava de San Fermín. Tres toros cinqueños, dos de ellos juntos en el lote de Talavante, buenos los dos sin entrar en detalles. Cinqueño también el primero de los seis, de dislocadas hechuras, aire de toro viejo, vareado, flacote, estrecho, acaballado, descarado. Casi 600 kilos que parecían escondidos en gruesa badana. Un toro distinto. De los que ya no se ven.

¿Qué tipo, qué línea, qué rama, qué sangre? Lo sabrá el ganadero. Sería de antiquísima reata o de hilos perdidos. Nunca sobra un toro raro. Este mismo, que, picado trasero, trotón, noblote, se echó a los diez viajes, se sentó después  y muy a su manera acabó tomando engaño pero arrastrando cuartos traseros. Ferrera hizo por él cuanto pudo, lo banderilleó pronto y con fe y llegó a pegarle con la izquierda una bella tanda calmosa.

Esa tanda, meritoria por paciente, templada y sabia, fue anticipo de lo que iba a venir tres toros después. Pues fue con el cuarto de Cuvillo, el mejor hecho de los seis, cuando Ferrera se puso a torear con gozo real y no fingido ni impostado, y cuando la cosa toda tomó vuelo rampante. Pero vuelo pasajero.

El segundo de corrida se encogió sin llegar a afligirse y fue, por eso, toro a menos. Talavante le hizo unas cuantas perrerías pero sin asomarse a la boca del lobo ni meterse en el vientre de la ballena. Tampoco fue cosa de pasar el rato. El pulso de una tanda de hasta siete ligados con la zurda fue de firma y rúbrica. Todo lo que vino después, empezando por el toro, supo a poco o nada. Una estocada caída y rodó el toro sin puntilla. Una oreja flojita. El tercer cuvillo, de ancho balcón, enlotado con un sexto que fue el único de la semana no justo de trapío sino carente de él, se blandeó en varas, se dolió en banderillas y rompió en aire geniudo, rebrincado, muchos cabezazos. En tarde revuelta –“día falso”, dicen en Pamplona-  se levantó viento bastante como para tenerse mal los engaños. Se descompuso un poco el toro y Ginés Marín, sereno trasteo, mató en los bajos.

Con el cuarto cuvillo, a la intempestiva hora de la merienda sanferminera, se vivieron los momentos más plenos. Ferrera firmó en el recibo media verónica excelente, banderilleó con facilidad y ganas y, sobre todas las cosas, decidió vaciarse sin esfuerzo en una faena de rico trazo, lindo poder, temple de torero puesto, despacioso gusto y largos recursos. A más el trasteo todo, cumplido en tandas de muchas variaciones. Es mejor el Ferrera a pies juntos que el despatarrado. En cualquiera de las dos formas, toreo embraguetado y despacioso.

Bonita la manera de tener Ferrera el toro en la mano sin perderle la cara ni abandonarlo. La gente dejó de merendar. No todos. Se corearon los pasajes a cámara lenta, Antes de la igualada, un aviso. Pasó el tiempo sin sentirse, pero pasó. Prisas. Media estocada defectuosa, trasera. El toro no se echaba. Al primer golpe con el verduguillo en falso, el toro se arrancó en arreón y se llevó a Ferrera por delante. La voltereta fue terrible. Ferrera cayó sobre el lomo del toro y a plomo luego y de espaldas al suelo. Todo el mundo al quite, Ferrera en manos y brazos de la tropa. Hasta que, de nuevo en pie, volvió a la cara el toro, que rodó al segundo descabello. El palco, de donde el miércoles habían asomado pañuelos blancos como conejos de chistera de mago, se enrocó sin razón y le negó a Ferrera una oreja de petición más que suficiente y, además, muy bien ganada. La vuelta al ruedo fue clamorosa.

Y ahí se acabó la película. Talavante se tomó solo ventajas con el quinto, el más hondo de los seis, y, a suerte descargada, anduvo pamplineando y haciendo vagos garabatos. Cinco pinchazos, dos avisos, un despropósito. El último toro, el cuarto que mataba Ginés Marín en los sanfermines de su estreno, no tuvo ni fondo ni misterio. Afanes del torero de Olivenza, pero todas las intentonas por fuera, vaporosas, con asiento pero sin cuerpo. Una buena estocada.

Postdata para los íntimos.- La Navarra montañosa ha sido de siempre tierra de frailes. Misioneros. Lo propio de los reinos sin patria ni salida al mar. Misioneros y, nunca mejor dicho, misioneras. África, América y Oceanía. La fe que mueve montañas. Conventos, internados, disciplina militar. Algunos colegios paramilitares por lo estricto de su disciplina crearon fama de santos. En invierno, agua fría. Y en verano, caliente. Es leyenda el colegio de Lecaroz, no sé si de franciscanos o capuchinos.

La Navarra espartana, digamos. De la ateniense se hablará otro día. Cerca de los riscos, los somontes y los hayedos nevados ya en noviembre, también crecieron espiritus libres del peso de los dioses de guerra. Los Baroja, por ejemplo, teñidos de sangre italiana. Los Nessi, los Raggio. Y un escritor mal conocido fuera de su tierra, Félix Urabayen, del cual habrá que decir algunas cositas. No esta noche. Acaban de entrar en Santo Domingo los miuras del viernes. Van a empezar los fuegos.

En esta Esparta tan rotunda, capital Pamplona, se enseña a los niños a comer bacalao al ajo arriero desde que echan los dientes, y a comerlo en bocadillos de pan de miga y corteza, porque se piensa que lo primero que tiene que hacer un hombre -o una mujer, misionera o no-  es aprender a masticar. Y, luego, a pensar. Y luego se hará lo que se pueda.

El suelo de Evaristo -Chez Evaristo- en la esquina de Estafeta y Javier estaba muy pegajoso. Habrían roto copas de champán. Clientela madurita. Mucha alegría. El aroma de las rabas rebozadas recién fritas abre el apetito, El vino del país, crianza, cuesta veinte céntimos más que en el resto de Pamplona. Pero ¿dónde vas con veinte céntimos a estas horas? A la calle de San Nicolás, en un paseo de recuento. Un restaurante en cada puerta. El Basoko, el Río, el Otano, la Manduca de la Ramos, el San Nicolás, el Marrano. el Katazarra, el Bearán, La Chistera,... ¿Hay alguien más? La pescaderia de Cipriano ya estaba limpia y cerrada a mediodía, porque a las una y media iban a ballar delante las comparsas de gigantes y cabezones, los kilikis, los zaldicos, los gaiteros, no sé qué otra charanga. Y hay que huir del barullo mundano en busca de calma y silencio.

La placa del 19 de San Nicolás recuerda que en esa casa nació en marzo de 1844, Pablo Sarasate, virtuoso del violín. Yo prefiero a los granes virtuosos húngaros: Bartók y Kodaly. El gusto es libre. ¿Zíngaros? Cuatro gitanas venden ramitos de romero por la calle de la Estafeta a la hora del vermut. Sarasate disparate, Recorrió Europa, Murió millonario pero triste. No lo sabía. No te fíes de la fama nunca.

A los niños que pasan la prueba del ajoarriero antes de prestar juramento en la tribu se les inyecta después chistorra en vena. Una prueba de pureza de sangre. Y a correr el encierro todos los días. Todos los días del año.
Última actualización en Jueves, 13 de Julio de 2017 21:38