TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. Crónica de Barquerito: "Éxito de José Escolar y Pepe Moral"

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Tres toros cinqueños de buena nota, de estilos distintos en bravo, y dos faenas consistentes, desiguales pero logradas y marcadas por el temple con la mano izquierda

Pamplona, 8 jul. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 8 de julio de 2017. Pamplona. 4ª de San Fermín. Muy variable, encapotado, un chaparrón en el cuarto toro. Lleno, 19.000 almas. Una hora y cincuenta y cinco minutos de función. Seis toros de José Escolar. Eugenio de Mora, silencio, saludos y silencio en el que mató por el percance de Caballero. Pepe Moral, silencio y una oreja tras un aviso. Gonzalo Caballero, gran ovación tras un aviso. Herido por el tercer toro. Cornada de 12 cms. en el glúteo izquierdo. Operado en la enfermería de la plaza. José Mora banderilleó muy bien al tercero.

LOS TRES TOROS CINQUEÑOS de la seria y hermosa corrida de Escolar dieron mucho juego. Abiertos en lotes distintos, fueron de distinta condición. De chispa fiera pero mucha entrega el tercero de la tarde, que fue en el caballo el de mejor nota. Ganoso y noble el cuarto, jugado bajo un chaparrón de gotas gordísimas. Elástico, templado y más noble que ninguno el quinto. Tres de seis, muy distinguidos los tres: el mejor promedio desde que Escolar empezó en 2015 a lidiar en Pamplona.

 

 

El tercero, negro entrepelado, el mejor rematado de los seis, engatillado, con la seriedad de cara común al lote entero pero mucha más armonía, tuvo por virtudes descollantes la prontitud y la movilidad, que en el encaste Albaserrada suelen ser señal inequívoca de bravura. Con su punto eléctrico, salió noble, humilló, descolgó, repitió, quiso siempre, embistió con todo y, apenas gobernado, perdonó a Gonzalo Caballero todas las veces que lo vio descubierto, abierto o puesto en falso.

Todas menos una, porque el torero de Torrejón decidió entre rayas atacar con la espada en la suerte contraria, pretendió dar al toro salida hacia adentros, se quedó a mitad de suerte, apenas pudo cobrar un pinchazo y salió de la reunión estrellado, volteado y vapuleado. Un pitonazo en la boca del estómago. En el suelo, una cornada menor en el glúteo que tiñó de sangre la taleguilla blanca con cintas de plata. La paliza fue seria, las cuadrillas hicieron el quite perfecto. Se llevaron a Gonzalo hacia la enfermería cruzando de punta a punta el ruedo. Su gente pidió calma.

Cuando Eugenio de Mora se disponía a tomar la espada para acabar con el toro, Gonzalo  –fuera chaquetilla, solo el chaleco de golpes de plata- salió por su pie de la enfermería, asomó por el burladero de los mayorales, pidió de nuevo la espada y volvió a la cara del toro, que lo estaba esperando como si no hubiera pasado nada. El gesto de Gonzalo se celebró como se celebran en Pamplona las batallas épicas, las escenas wagnerianas y la imagen romántica en vivo del héroe. Un coro de “¡Torero, torero, torero!” y, ahora en la suerte natural, entró la espada. Una estocada muy defectuosa, delantera y perpendicular, un aviso, cuatro descabellos. Se juntaron las palmas para el toro en el arrastre con la ovación de clamor para el torero cuando,  cojeando muy aparatosamente, volvió a la enfermería.

El argumento mayor del espectáculo no fue, sin embargo, ese instante de dramática pasión –es decir, la cornada-, sino la categoría de los tres toros cinqueños. Cornipaso y astifino, la testuz estrecha y larga, algo avacada, el cuarto apretó de salida y cortó en banderillas, pero metió la cara. Además del chaparrón, un viento travieso. Eugenio de Mora anduvo resuelto en faena paciente y reiterativa. La estocada fue notable. Se esperaba con curiosidad el juego de ese cuarto, que fue el toro que se volvió en el encierro casi en las puertas de la corraleta de San Domingo y acabó haciendo la carrera en solitario y a su aire para delicia de muchos corredores.

Cuando salió el quinto, casi 600 kilos bien visibles, ligeramente bizco, menos astifino que los demás, dejó de llover. La corrida cobró en el caballo más de la cuenta: tres puyazos el primero, otros tres el sexto. Ese quinto fue el mejor tratado en dos puyazos y medio, que lo dejaron de seda. Pepe Moral abrió faena con una bella tanda de toreo cambiado y andado hasta los medios. Tal vez fuera decisión precipitada. Al torero de Los Palacios le costó acoplarse: dos tandas de uno en uno, nervios cuando el toro enganchó telas tres veces casi seguidas. Pero el trasteo, de dos y hasta tres partes, se encarriló de repente por la mano izquierda, que es baza probada de Moral. Una tanda sencilla y solemne en semicírculo, el toro bien traído, convencido. Y cambió el panorama. Entró la gente en acción. Cierto jaleo para festejar el encaje, el ritmo, la facilidad. Algo larga la faena, lo propio de la ebriedad torera, un metisaca muy feo y una buena estocada. No se podía ir ese toro. Y no se fue.

Tampoco se dejó ir Pepe Moral un segundo de condición bien distinta. Uno de los tres cuatreños. Playero, escobillado, herido a modo en la primera vara, listo en banderillas y, aunque muy mirón, de noble son en la muleta. A cámara lenta hubo muletazos con la zurda de rica composición. La firma del temple a pesar de las agónicas embestidas del toro. Dos pinchazos, cinco descabellos. Pero el torero estaba y eso siempre se nota.

Los dos toros difíciles, primero y sexto, cayeron en manos de Eugenio de Mora. Incierto, celoso y avisado el uno; frenado y al bulto, a la defensiva el otro. Dos faenas tesoneras, buena mano con el estoque.

Postdata para los íntimos.- En la mancomunidad de Pamplona llaman silletas a las sillas de ruedas para niños. En todos los autobuses oruga, línea 4, que cruzan el centro de Pamplona desde Barañáin a los municipios del norte -Burlada, Huarte, Villava, Arre y Oricain. hay espacio para tres silletas. La frecuencia de los autobuses se multiplica por tres o cuatro si no más en estos ocho días y medio de sanfermines. Pero el número de silletas se multiplica por diez o veinte. Todos los padres jóvenes quiere subir a Pamplona en autobús. Salvo los tres primeros afortunados, el resto de padres pasajeros están obligados a plegar la silleta y dejar al niño a pie.

Todo lo cual parece de razón. Pero los conflictos son diarios. Las silletas admitidas no se colocan en la perpendicular de la marcha; las plegadas, en venganza, asoman por todas partes y entorpecen. No hay día sin escena de malhumores, o niños llorando, o padres que se han separado porque el autobús se llenó tanto que el conductor cerró las puertas. ¿Y dónde te bajas? ?¿En Aralar o en Merindades, o sigues hasta el Baluarte? Si quieres bajar por la puerta delantera, evacuación obligada, los nuevos pasajeros, con sus silletas, tratan de entrar antes de que tú salgas. No siempre funciona el aire acondicionado. Como buenos españoles, los pamploneses son incapaces de hacer una cola en el autobús. Se echa la culpa al alcalde.

Cuantos más años llevo viniendo a Pamplona más gente descubro que no es nacida ni arraigada en Pamplona. Gente de la Ribera -los riberos- y, sobre todo, gente de la montaña y de sus muchos valles, todos hermosos. Los cocineros, y las cocineras, los que guisan al estilo del país son en su mayoría navarros del norte. No he hecho la encuesta, pero me basta la experiencia. Los del Hostal Aguirre, del Baztán, de Elizondo. Todos los valles navarros marcan carácter, como bien vio Pío Baroja, pero el del Baztán, por ser muga y frontera, paso histórico de contrabandistas y espías, es de los más señalados. El año pasado, ¿o hace dos o tres...?, justo antes de sanfermines una crecida del Bidasoa causó estragos en Elizondo. El acento baztanés tiene marcada influencia francesa, me ha parecido detectar. Del roncalés no puedo opinar gran cosa. Del de Belagua, menos. Del salacenco, sí diré algo porque tengo amistades del país. Hablan bastante alto, como si quisieran traspasar a gritos las sierras que dividen los valles. En Ochagavía, en invierno se habla muy bajito porque hace mucho frío. En las crestas de frontera brotan afluentes del Nive, el plácido río de Bayona, En Echalar hay un paso de palomas torcaces. Aquí se practica el avistamiento de aves con rigor. Hemingway preferia la pesca. En la calle de la Fuente, una de las buenas de Burlada, hay en un balcón un jilguero incansable. Lo tengo enfrente de mi terraza. En cuanto me asomo por la mañana, canta.
Los álamos de Burlada son de tronco muy ancho, sanos. En el parque del Arga, nogales de porte magnífico. Las nueces serán enormes. O no.
No se aconseja cosechar la alubia pocha cuando está verde, porque será dura después de cocida. No soltará el almidón. En la jaula del parque de Burlada hay tres polluelos de faisán idénticos. Serán de la misma nidada. Crías de estornino y diamantes baberos. Pavos reales por el paseo frente al palacio. Buen arbolado. Amenazaba tormenta. Son muy interesantes las ruinas de Embutidos Ciganda, un edificio de los años 60 abandonado, ventanas enladrilladas, paisaje desolado. La casa de las religiosas de Notre Dame es un misterio. La gran carnicería de chistorra olímpica -medallas de oro- es la de Larragueta. Pasé por delante esta mañana. En una carnicería de la plaza de la iglesia -la de San Juan Bautista. venden venas de toro. Y jamón de bodega por enteros y no por piezas.

 

Última actualización en Sábado, 08 de Julio de 2017 21:49