TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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ALICANTE. Cronica de Barquerito: "Fiesta mayor de Manzanares y López Simón"

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Un botín de tres orejas por barba en la tarde siempre febril del día de San Juan

Tres toros excelentes de Juan Pedro Domecq

Ponce, sin fortuna en el sorteo

Alicante, 24 jun. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 24 de junio de 2017. Alicante. 4ª de Hogueras. Estival. Casi lleno. 9.500 almas. Dos horas y media de función. Seis toros de Juan Pedro Domecq. Ponce, palmas y oreja tras un aviso. Manzanares, oreja tras  aviso y dos orejas. López Simón, oreja tras aviso y dos orejas. A hombros Manzanares y López Simón.

TRES TOROS DE Juan Pedro Domecq fueron de buena nota: un segundo castaño muy codicioso, el morro por el suelo; un quinto corto de manos, de entrega y elasticidad sobresalientes; y un sexto gacho que metió la cara desde la primera reunión y no dejó de hacerlo hasta la última. El castaño bramó mucho y escarbó un poquito, el quinto escarbó de nervioso más que el castaño, el sexto no rechistó. Los tres fueron de los de cincuenta embestidas sin duelo.

Manzanares se llevó el lote completo. López Simón, el toro más equilibrado. Cinco orejas se dejaron esos tres toros en la arena. Tres Manzanares, otras tantas López Simón. Fue tarde muy festiva, de las de arrancarse con más o menos acierto la banda al quinto muletazo y ya no parar. La gente rugía, más todavía después de la preceptiva merienda de las ocho y media, y la música no siempre pudo superar la barrera del sonido. Se estuvo jaleando todo: lo bueno, lo mejor, lo importante, lo auténtico y lo impostado, lo de riesgo y lo de no tanto, las estocadas con vómito o sin él, las desprendidas y también la mejor de todas, la cobrada por López Simón en el último de corrida, que se llamaba Galileo y tuvo el temple tan distinguido del juampedro de pata negra. Un temple que es como un punto o dos por encima de la codicia. Parece no que el toro se lo piense sino que reflexiona.

Ha habido en esta semana de Hogueras no menos de una docena de toros de alto nivel. La mitad de los jugados. Un porcentaje nada frecuente. Galileo y sus hermanos, Haraposo y Orador, los del lote de Manzanares, entraron en el cómputo feliz. Los tres fueron de un solo puyazo bien medido. El de Paco María al segundo fue como una inyección. El de Pedro Chocolate al quinto, de colocación perfecta.

Y hubo tres toros de otra manera: un primero que sangró en una sola vara más que los tres del podio juntos, y cobró un volatín completo y a pulso, circense, toro claudicante que se sentó dos veces y fue de inocua condición; un tercero de más nobleza que poder, flojito de manos, como los de los años de la glosopeda; y un cuarto que se empleó en el caballo, también cobró el volatín entero de saltimbanqui y quiso luego más que pudo, cortos los viajes, cierto agotamiento tras un excesivo tratamiento de Ponce. Un aviso antes de la igualada, que no es novedad. Lo mejor que firmó Ponce fueron las aperturas de dos faenas bastante planas, repetidamente interrumpidas por paseos o cambios de idea. Fue llamativo el poco gobierno del cuarto toro. La cosa con el primero no pasó de discreto afán. Pero la estocada fue notable. También la que, al segundo intento, hizo rodar al cuarto.

Manzanares estuvo en su salsa: público incondicional, dos toros bravos pero sencillos y el estado de ánimo estimulado y levantado, atrevido y dispuesto, relajados el cuerpo y el alma. Una primera faena brindada con extraordinario cariño a Paco Palazón, el torero de Petrer que ha superado una grave enfermedad y todavía convalece, y faena de buenas soluciones y recursos,  pero se echó de menos una tanda redonda, abundante y bien firmada. Manzanares se emperró en recibir con la espada al toro y no hubo manera d que el toro, en tablas y escarbando, atendiera el cite. Un pinchazo sin soltar y, cambio de plan, una estocada con vómito atacando por derecho.

Bien encajado, Manzanares se lució de capa en el saludo de ese toro: dos largas cambiadas de rodillas en tablas, lances a pies juntos, las verónicas de tirón y una revolera. En el quinto logró el lance de la tarde: media verónica perfecta en los medios que no remató serie sino ella sola. Soberbia. La segunda faena de Manzanares fue mucho más consistente que la primera. Verlo ligar el natural con el de pecho hasta dos veces en otras tandas bien tiradas fue un regalo. No tanto el toreo en redondo rehilado tan de su marca, pero celebrado como siempre y donde sea. Un émulo del Camarón se arrancó desde un tendido con un cante medio minero dedicado a Manzanares, naturalmente. Fue al principio de faena. El toro pareció escucharlo más que el propio matador. Matador que ahora recibió con la espada al toro: media estocada bajita, sin puntilla, Se desató una apoteosis. Manzanares sacó a su hijo Josemari a dar la vuelta al ruedo con él y le hizo blandir y pasear una de las dos orejas, que aquí se cortan al modelo Bilbao. Enormes.

Aunque parecía el convidado de piedra, López Simón no se arrugó. Sin complejos, todo lo desenfadado que en su caso se pueda ser, apostó con sus armas: la firmeza, más visible cuando se descalza, y se descalza todas las tardes que torea, su excelente toreo largo y de mano baja por la diestra, brazo poderoso, su gusto por ligar ajustado con la zurda, su afán purista en los pases de pecho de verdad. Sus adornos y alardes: péndulos y circulares de distinta fortuna, molinetes imprevistos. Y eso en las dos bazas. Fue notable el logro con el sexto toro, al que toreó de frente muy en vertical y acoplado, grave el acento. Larguísima la faena. O mal medida, pero no decayó el clima. Tres excelentes muletazos de igualada. Y no la estocada de la feria –porque las dos de Juan Bautista no admiten comparaciones- pero casi.

Postdata para los íntimos.- San Juan en Alicante. Tiendas cerradas, salvo las after hours y las 24 horas. En la Puerta del Mar un calor asfixiante. La playa del Postiguet, como si fuera verano. Algunos habían pasado allí la noche. Los vi bajar con las litronas en tropa a eso de las doce, yo me estaba tomando un helado en el Amorino. Son los más caros de Alicante, pero te puedes sentar y hasta leer un ratito. Casi un milagro. En una ciudad como ésta, en que la luz saca a las gentes a la calle por un efecto magnético pendiente de estudio, no deja de chocar que en toda la Rambla de Méndez Núñez no haya ni un solo banco. Ni en la Explanada. Ni en las rondas. Creo que tampoco en el Paseo de Federico Soto. En cambio, calles peatonales como la Mayor o la de San Francisco están invadidas por terrazas de comer y beber. No hay espacio para caminar. Por todo eso, la vida de la ciudad es como un estallido permanente. En fiestas. No creo que todos los días. Esta mañana se podía andar. Los basureros no daban abasto. Y el sol cegaba.
El paseo hasta la plaza de toros, por la calle Calderón, se hace entre palmeras. Por delante de mí, una peña de Ponce llegada de Dax, con su pañuelico rojo. Sin charanga. En la confitería La Colmena, llegando ya a la Plaza de España, se venden las meriendas de los toros. Las cocas dulces de piñones, fruta escarchada y azucarillos; y las saladas de tomate, y/o cebolla y/o atún. Y las empanadillas de boniato. El aspecto es inmejorable. Enfrente, el Azul, con colas interminables para pescar una horchata. Yo recomiendo la horchata al mediodía. O a mediatarde. Sin pajita. Beberla a tragos libres y grandes.
Este año ha cerrado el Bistrot de Llevant, de la calle Moreu, tan cerca del mercado y de los toros. Es una casita alicantina, cocinero bordelés y maitresse de Crevillente, el pueblo más al sur de habla catalana. Una pareja deliciosa que conocí el año pasado. Pues este verano se han ido a trabajar a Suecia. Los habrá contratado alguien para el verano. ¿Un crucero, una de las islas bálticas de recreo...? Donde estén harán felices a quien sea. Yo me he quedado con hambre. Los tomates de El Palé en parrilla me curan los males.
Y ese ruido que no cesa y perturba. Acabo de venir del volcán.

Y mañana, Madrid