TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Sueño cumplido de Juan del Álamo, por la puerta grande"

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Tarde feliz del torero de Ciudad Rodrigo, pleno de seguridad, sereno arrojo y buen sentido del toreo, tanto con el toro ideal como con el bronco

Tres toros importantes de Alcurrucén

Madrid, 8 jun. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 8 de junio de 2017, Madrid. 29ª de San Isidro. Bochorno, cielo plomizo. 17.000 almas. Dos horas y veinte minutos de función. Cinco toros de Alcurucén  y uno-1º- de El Cortijillo (Pablo, Eduardo y José Luis Lozano), que completaba corrida. El Cid, silencio y saludos. Joselito Adame, silencio tras aviso en los dos. Juan del Álamo, oreja con petición y oreja. Salió a hombros. Juan Francisco Peña se agarró muy bien con el tercero. Dos pares de ricos recursos de Roberto Jarocho al sexto.

LA SEGUNDA DE LAS dos corridas de Alcurrucén jugadas en San Isidro fue más seria, voluminosa y variada que la primera. Completó corrida y rompió plaza un bellísimo toro de El Cortijillo, segundo hierro de la casa. La misma procedencia y parecido estilo. El compromiso de lidiar dentro de la semana torista de la feria se cumplió rigurosamente. Conjunto diverso. La cota de marca la pusieron muy alta dos toros de soberbio fondo: un tercero de singular calidad, protagonista de la muerte más de bravo de toda la feria, y un cuarto que remontó una zurra exagerada en el caballo y atacó muy de veras por las dos manos. En el cupo de los buenos entró el toro de El Cortijillo, de tanta viveza como elasticidad, de prontitud particular.

 

Los toros que no sumaron tampoco restaron. La agresividad temperamental del sexto, su manera de puntear engaños y frenarse, y hasta sus reniegos de huida, fueron de toro antiguo, díscolo y por tanto no manso. Al cabo de apenas doce viajes claros, el quinto se vino abajo, la cara alta antes de meterla entre las manos para oliscar buscando agua. El segundo, astifino desde la cepa al pitón, abierto y acodado de cuerna, no quiso pelea ni pretendió evitarla. Un toro “mansito”, dicen los toreros.

La semana del toro está en Madrid pensada de siempre como un contraste de encastes. Alcurrucén hizo honor a sus raíces Núñez-Rincón. Abantos, fríos o distraídos de salida. Blandos en varas sin más excepción que la del cuarto, aunque esta fuera la corrida de más derribos de la feria. Listos para galopar en banderillas pero atentos a todo lo que se moviera, o a la espera si veían llegar antes de tiempo al rehiletero. Y, en fin, dos detalles clave: la alegría para venirse de largo y, en el caso de los tres toros de nota, el célebre tranco de mas, que aquí quedó más que probado.

Después de verse las calidades de tres de los cinco toros de Rehuelga jugados el miércoles, los fijos del abono medirían con mayor exigencia la corrida, que fue del gusto de todos. Dos toros aplaudidos en el arrastre. Para el tercero, una ovación de trueno, no solo en el arrastre sino durante los casi dos minutos que el toro se estuvo tragando de pie su propia muerte con una resistencia memorable a doblar. Una de las estampas mejores de toda la feria.

Volvió a regir por enésima vez la regla mágica: un toro de Alcurrucén, otro más, le abre la puerta grande de Madrid a un torero. Juan del Álamo, en esta ocasión. La ocasión que llevaba buscando siete años, desde el día de su debut de novillero en las Ventas, y que se le iba resistiendo un año tras otro, en San Isidro y fuera de San Isidro, con novillos y toros de muy variada condición, y una gota indispensable de fortuna en los sorteos, pero también con una tenacidad digna de mejor causa.

La miel en los labios tres o cuatro veces. Y vino a ser esta vez. Una oreja del toro de la corrida, que el torero de Ciudad Rodrigo entendió desde el mismo momento en que se le frenó de salida hasta en cuatro amagos de los de helar la sangre y con el que se acopló en una firme faena templada, de pura bragueta, muy ligada y bien tramada, señalada por pases enroscados de pecho antológicos, también por las soluciones de toreo cambiado en los remates o la improvisación en las aperturas. Faena de madurez por lo segura. Ni un enganchón del toro, que vino siempre entre acariciado y gobernado, las dos cosas. Lo más llamativo fue la manera de estar, más incluso que la forma de torear.

Hacía trece años que un torero de Salamanca no salía a hombros en Madrid. Y se tuvo la sensación de que en esta fecha de Alcurrucén iba a ser el día. Lo fue. No por un premio de dos orejas de un toro –el palco dejó en una la primera faena- sino por sumar una y otra. La otra, la del temperamental sexto toro, tras una faena de riesgo y resolución, sin florituras ni renuncios ni pasos atrás. La espada entró a tiempo en las dos bazas y Juan no cabía en sí de gozo. Nunca lo habían tratado en las Ventas con tanto respeto.

El Cid no lo vio claro con el toro de El Cortijillo, que no paró de engancharle la muleta, y se embarcó con el buen cuarto en una faena de más a menos –dos tandas en redondo bien reunidas en la apertura, toreo picudo al natural, pasos perdidos- y toda ella adornada por una pomposa teatralidad visible en las pausas y paseos. Con el lote de menos carácter Joselito Adame cerró su San Isidro sin más relieve que su toreo por alto a suerte cargada, de acento tan mexicano, y un par de tandas por toro en redondo bien templadas. La gente estuvo heladora sin mayor razón. Joselito acusaría el efecto de una refracción tan gratuita. Y, matador tan seguro, se atragantó con la espada.

Postdata para los íntimos.- La penútlima reflexión sobre las culturas del Lejano Oriente. A las 6 menos cinco de la tarde, frente al muro donde cuelga el relieve de bronce de El Encierro de Sanguino, estaban dos coreanas y un coreano vestidos a la moda de Seúl -tan chillona- y con sus mochilas cargadas de quién sabe cuántas cosas. Me parecieron nuevos en esta plaza. Por la manera en que miraban todo sin parecer ni pretender entenderlo. No pararon de fotografiarse entre ellos. Hasta que llegó el momento de la verdad. Una de las dos mujeres decidió dar el salto y se colgó de las astas doradas del toro que sigue humillado al buey de guía. Qué emoción, guau, yiii...! Y se hizo la foto como si se columpiara. Y luego la otra coreana. Y, al cabo, el varón. No dandy,  unos treinta años, entrado en carnes. Tomó los cuernos como si fueran anillas de la gimnasia sueca. No se atrevió con el salto mortal. Y luego entrarían a los toros. Ya no los vi. ¿Y si vuelven mañana...?

Camino de los toros, en el vagón de cabeza de la línea 5, Casa de Campo-Canillejas -dos planetas tan distintos-, una pareja de jóvenes japoneses -ella, vestida de blanco, representación de la elegancia en el Japon, y él, de verano, con unas gafas de pasta azul cobalto- se levantaron para cederme el asiento en cuanto me vieron entrar cargado con los bártulos de cada día. Traté de renunciar a la invitación. Pero ellos, sin más gesto que una cortés reverencia, se quedaron firmes.No se movieron hasta que no me senté. Los estuve observando hasta Rubén Darío. Metro Rubén Darío. Hablaban en voz baja, no se agarraron a la barra ni se apoyaron contra la puerta que no abre. En pie y a pulso. Yo los bendije en silencio. Si supiera, les habría hecho una reverencia. O regalado una lata de atún de Ondarroa, pero no suelo llevar conservas de aceite en el estuche de ordenador.
No sé por qué, anoche, en el recuento de comercios de la vieja Cava de los años 70, me dejé en el tintero cuatro lugares mayores de los que fui asiduo. La Bodega de Palacios, en el número 10, donde se despachaban tapas siempre suculentas, caseras, o de queso curado de oveja. La Churrería del señor Ángel, que abría a las seis de la mañana yen mi época de vampiro nocturno visité a menudo ya de recogida. Era una maravillosa churrería. Alicatada de amarillo de Talavera liso pero con cenefas bicolores de azules y verdes con escenas de caza o frondas. La salida de humos, como un alto horno de titanio, era inmensa. La boca de un planetario. De aluminio impecablemente pulido. Y aquellos churritos rizados, las roscas de porras, los buñuelos, y los juncos verdes que la mujer de Ángel iba cosiendo pieza a pieza con diestra velocidad, sin mirarse los dedos. Tan crujientes las roscas de porras que al irse cortando con una tijera de forja se oía el rasgado de la masa como música celeste. Y otros do lugares más: la droguería de La Antoñita, semiesquina con Almendro, que olia a escamas de jabón y lejia. Y el restaurante Chotis, donde los dos murales de Eduardo Vicente, escenas de un Madrid pobre y romantico. Y la frasca y el chato de vino, A beber en copa de Burdeos hemos aprendido en el barrio hace bien poco
Vi en los toros que Philippe Q'jaube, el padre de Karina, la segunda mujer de Antonio Chenel, y abuelo materno de Marco Antnio Chenel, Había sufrido un desvanecimiento. Sería por el calor. 32 grados al entrar en la plaza. Salió del tendido por su pie pero pálido, muy pálido. Serio, sin esa sonrisa oriental tan amable y tan suya. He preguntado si se sabía algo de él en Prensa de la plaza. Nada. O sea, que estará en su casa descansando. Lo conocí cuando era torilero de la plaza de toros de Bayona. Él, digo. No yo

 

Última actualización en Jueves, 08 de Junio de 2017 23:00