TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BILBAO. "LOS TIMBALES" de Paco Cerezo: "Cuando torea Morante, la plaza se descacharra"

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Timbales

Iniciado el "ciclo estelar", dió paso a un mano a mano, tan repetido como absurdo, entre Morante y Manzanares.

Tan absurdo que esta pidiendo a gritos una terna que desengrase todo este asunto.

Para un mano a mano se necesita rivalidad, que no la hay, pique, que no existe o, si se me apura, mala leche.

Sin ninguno de estos ingredientes es hora de pasar a la terna, que da más variedad al espectáculo, volviéndolo a su ser.

 

Menos de tres cuartos de aforo hablan a las claras del interés que despertó esta corrida, para la que mandó un encierro pastueño y anovillado el ganadero Núñez del Cuvillo, para solaz y esparcimiento de aquellos que con mala baba le apodan "Núñez del Novillo".

Bueno. Sea como sea, fueron unos bóvidos para hacer arte, con un bravísimo animal lidiado en segundo lugar, con el que el espigado Manzanares se hartó a darle pases artísticos de cintura para arriba, con el defecto de "esconder la patita", que carga la suerte, al son del pasodoble, que yo, en mi ignorancia musical, me parecía escuchar la vieja melodía de Andy Williams, "Contigo en la distancia".

Definitivamente, creo que no estoy dotado para la música.

Celebró también la gente sus otras dos faenas, calcos de la primera, aunque hubo alguna apreturilla más.

Mal con los aceros, por que el torero alicantino se empeñó en recibir a sus toros, que clamaban por un volapié como Dios manda.

No le critico, por que a mí también me ocurre que teniendo las cosas claras, me encargo de complicarmelas. Cosas.

Morante es punto y aparte.

Decía una copla vieja: cuando torea "El Almendro", la plaza se bambolea...

Y yo digo que cuando torea Morante, la plaza se descacharra.

Cuando el diestro de la Puebla del Río se abre de capa, se desparrama toda la gracia de Andalucía.

La verónica solemne, amplia como un amanecer de verano, más que acompañada, mecida por el cuerpo abandonado del artista.

El momento de decir "aquí estoy yo", dando sabor y gracia a la insustancial y vulgar chicuelina.

¡Que garbo! ¡Que salero!

¡Bien, Morantito, bien!

Faena con sabor y pinceladas hermosas a su primero, que premió el público haciéndole saludar desde el tercio.

En su segunda faena, nos mostró al otro Morante.

"Ese toro no me gusta... Matarile, rile, rón". Pim pom.

Se cabró un poquillo el cónclave, por que además dejó a su piquero que le diera caña a contento al pobre "cuvillito", y eso está mal.

Pero es que a Morante le gusta la carne muy hecha.

Va en gustos. Otros la prefieren vuelta y vuelta.

Pero en el quinto (no hay quinto malo...), salió el Morante bueno y dijo ¡os vais a enterar!

¡Jobar, que si nos enteramos!

La capichuela flaccida y desplanchada tomó vida en manos de Morante para dibujar primorosamente lo que al poeta le está negado describir.

La muleta de Morante esconde todos los secretos del toreo.

Es látigo, sometimiento, verdad y floritura al mismo tiempo.

El salero y la gracia.

El aroma y el sabor del vino añejo.

Tras la profundidad y el señorío en la derecha, el cambio gracioso y alado a la manita zurda, para olvidarse del cuerpo que se rasga en cada muletazo al natural, para abrochar con el majestuoso pase de pecho.

Los molinetes arrebujándose en el costillar, para salir graciosamente por el rabo, y el epílogo de la estocada como mandan los cánones, sin tonterías preliminares.

El público en pié vibrando desde las primeras pasadas me hizo exclamar:

"No creía que hubiera tanto morantismo".

A mi lado, un rústico sincero, aunque un tanto mal hablado, disipó mis dudas diciendo:

"Que morantísmo ni que coño!

Lo que nos gusta es el toreo.

...Y Morante lo tiene.

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Última actualización en Sábado, 23 de Agosto de 2014 12:50