TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Tarde feliz de Alberto Aguilar"

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Dos faenas de gracia, decisión y ciencia. Riguroso, el palco le niega una oreja que habría valido la puerta grande. Cogida grave de Chechu en su confirmación.

Madrid, 26 may. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 25 de mayo de 2013. Madrid. 18ª de San Isidro. Tres cuartos largos. Algo ventoso. Lluvia durante la lidia de tercero y cuarto. Por cogida de Chechu, se cambiaron los turnos de salida. El Capea mató los impares; los pares, Aguilar.

Seis toros de Montealto (Agustín Montes), de hechuras y condición varias. Dio buen juego el sexto, que acabó rajadito pero tuvo son y nobleza. Se aplomó el primero, muy descarado; manejable el segundo, de buena mano izquierda; sin fijeza el tercero; áspero, cabeceó y punteó el cuarto; mermado tras un puyazo severo y dos volatines, el quinto quiso bien.

El Capea, de violeta y oro, silencio en los dos. Alberto Aguilar, que sustituyó a Fernando Cruz, de azul pavo y oro, oreja, silencio y vuelta. José Ramón García “Chechu”, que confirmó alternativa, de caña y negro, corneado por el toro de la confirmación. Herida de 25 cms. hacia dentro y hacia arriba en la cara posterior del muslo izquierdo con destrozos en isquiotibiales y contusión de nervio ciático.

Excelente brega de Raúl Ruiz con el sexto.

Descarado y acochinado, el toro de la confirmación de alternativa de Chechu García se empleó en dos varas traseras y vino al tercio de muerte asfixiado. Se aplomó al cabo de diez viajes. Estuvo valiente, firme y suelto el torero de San Sebastián de los Reyes. Y desafortunado: el toro se le había quedado debajo dos o tres veces y en la última de la tres lo prendió por el muslo y lo hirió. Chechu pretendió seguir haciéndose anudar un torniquete. Cayó, sin embargo, desvanecido. Iba herido de gravedad. El Capea mató por arriba de excelente estocada.

El arranque de corrida fue, por tanto, muy atravesado. Las vísperas, también. Fernando Cruz, enfermo, se cayó del cartel por fuerza mayor. La baja de Fernando abrió la puerta de la sustitución a Alberto Aguilar, que hacía así su tercer paseíllo de mayo en Madrid. Más que nadie: el 2 de mayo, la Goyesca; el 12, la de Escolar. Y esta otra, que fue, en punto a toreo, tan redonda como cualquiera de las dos tardes previas si no más, y estuvo en un tris de ser la de su primera salida a hombros de las Ventas. Muy riguroso al medir la petición de oreja del sexto toro de Montealto, el palco se resistió y enrocó. Y se quedó con la miel en los labios el torero de Fuencarral.

Fue, a pesar de eso, tarde dichosa de Alberto: entrega, firmeza, listeza y recursos de torero largo, rapidez de ideas, desparpajo, espontaneidad, naturalidad, encaje valeroso, una soltura que no es nueva pero parece renovada, la ilusión contagiosa de los toreros ambiciosos. Pureza sorprendente en unas cuantas bazas: con la izquierda en muletazos enganchados por delante, o en el toreo cambiado de castigo y de remates, porque domina esas suertes con rara habilidad. Muy distintos los tres toros que tuvo delante. El que se dejó Chechu fue el peor: frenado y dolido en varas y banderillas, no hizo más que pegar cabezazos y puntear a la defensiva. Ni un viaje. Porfía caliente de Alberto. Habría convenido un macheteo a lo Morante. Pero ¿quién se atreve sin serlo?

Los dos de lote salieron bastante mejores. El primero, de muchos pies, se escupió del caballo de pica tres veces y rompió luego de irregular manera. No fue ni de regalar embestidas ni de venderlas caras, pero se lo acabó pensando y hubo que atreverse y meterse con él. Con autoridad, Alberto lo toreó en un palmo de terreno. Lo ahormó en cuatro hermosos muletazos genuflexos, lo desengañaba con trincherazos cuando iba a enterarse o volverse, le aguantó dos protestas, lo supo medir y, siendo faena laboriosa, pareció fluida y sencilla. Final muy brillante: una tanda en redondo abrochada con una trincherilla y un gracioso cambio de mano; una soberbia de mano con la izquierda tirando de todo el toro a pulso, el de pecho y, sobre la embestida de vuelta, un molinete genial. Cuatro lindos muletazos de igualada, un desplante en jarras y una estocada certera. Una oreja.

Casi otra del buen sexto, muy alto de cruz, recogido de cuerna, de hermosa pinta chorreada. Toro de buen aire: al galope y humillado. Lo recibió Aguilar con temeraria larga cambiada de rodillas en el tercio. Lidia fina de Raúl Ruiz; antes de varas, templado Alberto en un saludo a la verónica de tres lances encajados y despaciosos, un cuarto en falso y el broche de una larga marcada abajo muy bella. El toro, que enterró pitones en volatín entero, derribó en la primera vara, galopó a la segunda, se movió mucho en banderillas y tuvo en la muleta son del bueno pero declinante: se acabó yendo a tablas.

Una faena de crecientes logros  De largo el cite para una primera tanda en redondo más reunida que acompasada; otra, enseguida, mejor pero algo despegada; por la izquierda de vino rebrincado el toro pero Alberto no lo soltó hasta no tenerlo gobernado, que detalle caro; y, en fin, un largo final rampante y abundante, como acostumbra el torero. Dos tandas con la diestra bien tiradas, ligadas y rematadas; toreo de frente con la guinda de uno cambiado de rodillas, la trinchera y el desdén ligados en una sola baza. Un pinchazo arriba y una estocada de ley. Una vuelta al ruedo clamorosa.

Una versión muy madurada de El Capea, que despachó  un tercero sin fijeza ninguna, no tanto incierto como distraído y ajeno, y, luego, toreó con ritmo lento y templado a un quinto de corrida, que sobrevivió a un puyazo atómico y a un volatín de los que valen por una vara y, luego de todo eso, se quedó como una malva. Apagado, descolgado, justo el motor. Técnica de la buena del torero de Salamanca para enganchar, llevar, rematar y ligar por las dos manos. Le faltó al toro el brío vivo que prende la mecha. Algo monótona la faena. Fría la gente. Al cuarto viaje, una gran estocada. Y toda la tarde en duelo de quites con Aguilar. Por el mismo palo, no el mismo acierto.