detorosenlibertad.com
A lo largo de muchos años, la ganadería de Victorino Martín fue la primera de España. Mientras el resto de los ganaderos estaban sumidos en la irregularidad, Victorino triunfaba siempre a golpe cantado. Era una garantía de casta y emoción. Y así transcurrieron los años setenta, los ochenta y también los noventa: treinta años de reinado indiscutible. Durante estas tres décadas, Victorino fue un ganadero de tremenda popularidad, con una fama que jamás disfrutó ganadero alguno a lo largo de la historia, ni siquiera don Eduardo Miura, el de “las patillas”.
En los diez últimos años hemos visto como los victorinos iban perdiendo esa regularidad, dando la impresión de que el de Galapagar hubiera perdido el control de la ganadería. Su vacada se iba sumiendo en la misma irregularidad que las demás. Ya los triunfos no eran a golpe cantado. Los toros buenos iban surgiendo de modo inesperado, como sucede con los demás ganaderos....
Pero últimamente estamos viendo como Victorino está bajando varios escalones más en esta trayectoria de decadencia. Y ya los victorinos actuales tienen muchos defectos, como la poca fuerza y la escasa casta. Y no solo eso: tras muchos años de presentación esmerada, al menos en plazas de primera, ahora Victorino está presentando muy mal sus toros.
Durante mucho tiempo Victorino se autoproclamó defensor de la afición, criticando a los otros ganaderos por las mismas tropelías que él está cometiendo ahora mismo. La corrida de ayer en Sevilla fue absolutamente impresentable: una escalera en que había dos toros serios, dos toros normales y dos toros muy chicos. Lo del sobrero ya fue indecoroso: un chivo totalmente inaceptable que solo se le permite a Victorino. A cualquier otro jamás le hubieran aprobado un toro así...
El petardo, pues, de Victorino fue muy aparatoso. Una corrida insalvable, sin ninguna fuerza, sin juego alguno y, además, pésimamente presentada. Pero aquí no termina la cosa ya que los diestros también estuvieron a un nivel muy bajo. Como decía, la corrida no era para tirar cohetes, pero los toreros estuvieron muy mal también.
Quien mejor parado salió en el sorteo fue Antonio Ferrera. Su primero era un toro un tanto apagado, pero que tenía un buen pitón izquierdo. Su segundo fue un toro aprovechable, pero Ferrera estuvo más pendiente de engañar al público que de torear. Embarcó siempre con el pico, siempre fuera de cacho y metiéndose constantemente en la oreja del toro para que no embistiera. Toreo de triquiñuelas y artimañas inadmisible en la Maestranza de Sevilla. Y no mató a ninguno de sus dos toros: tras varios pinchazos ineficaces, tomó rápidamente el descabello. Lo único salvable de la actuación de Ferrera fueron algunos pares de banderillas muy expuestos. Pero Ferrera, al final de cada par da un salto enorme y pone cara de haber marcado un gol en San Mamés, lo que desluce la suerte. Ferrera, como los victorinos, está en plena decadencia.
Y otro en plena decadencia es El Cid. Su primero fue un toro muy listo y complicado que acusó la mala lidia que se le dio. Pero El Cid no fue capaz de someterle ni de quedarse quieto. El segundo de El Cid, quinto de la tarde, fue ese sobrero absolutamente indecoroso e impresentable. No se comía nadie, pero El Cid tampoco pudo quedarse quieto... Parece que El Cid se acabó con la corrida de los victorinos de Bilbao de hace tres años. A partir de ese momento es otro torero: miedoso, incapaz de quedarse quieto y totalmente a la deriva. Da la impresión de que está dando las últimas boqueadas de su carrera, triste final para un torero que tuvo una gran mano izquierda y que se ganó a pulso el puesto de privilegio en el que ha estado los últimos años.
Quien estuvo menos mal fue César Jiménez. Lo intentó con su primero, un toro sosito que se paró pronto. Y con el sexto, un toro muy parado, a la defensiva y con muchísimo sentido, no pudo hacer absolutamente nada...
Así pues: petardo gordo de Victorino. Ahora se explica por qué no quiere comparecer de ninguna manera en la Plaza de Toros de Madrid.





