TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

MADRID. Palacio Vistalegre. Crónica de Barquerito: "Una faena prodigiosa de Morante"

Correo Imprimir PDF

Palacio Vistalegre. Madrid/Carabanchel Bajo. 2ª de la Feria de Invierno

Soberbio con un excelente toro de Cuvillo. Pasajes de antología, un todo redondo, clamor en las gradas. Vuelta para un bravo sexto. Dos orejas para El Cid: premio largo

Domingo, 27 de Febrero 2011. Carabanchel, Madrid. 2ª y última de la Feria de Invierno. Plaza cubierta y climatizada. Casi tres cuartos de plaza. Un minuto de silencio en memoria de Pepín Martín Vázquez, fallecido ayer por la mañana en su casa de Sevilla.

Siete toros de Núñez del Cuvillo. El séptimo, sobrero “de regalo”, según la jerga americana. De muy diversas hechuras y distinto remate, fue corrida de variada condición. El quinto, de bravo pero suave son, y el sexto, de brioso empleo, fueron de muy buena nota. Protestado por falta de trapío un lindo pero gacho y casi capacho tercero. Nobles, se apagaron los dos primeros; se rajó un cuarto aleonado y sin cuello; el sobrero, de abrochada y generosa corona, fue toro manejable. Se dolieron en banderillas casi todos, no se paró ninguno de los seis titulares.

Juan Mora, de añil y oro, saludos, silencio y oreja. Morante de la Puebla, de verde esmeralda y blanco, saludos y dos orejas. El Cid, que sustituyó a Sebastián Castella, de lila y oro, silencio y dos orejas.

Madrid, Carabanchel, 27 feb. (COLPISA, Barquerito)

POCO DESPUÉS de mediodía corrió por la red la noticia de la muerte de Pepín Martín Vázquez, en su Sevilla natal, a los 83 años de edad y tras un retiro de casi cincuenta años del mundanal ruido. No había torero sevillano con más leyenda y misterio que Pepín: por su desaparición voluntaria de ambientes taurinos y, sobre todo, porque, habiendo estado en activo apenas una década, entre 1945 y 1954, era, dentro de la escuela sevillana, el “torero de los toreros”. Espejo en que mirarse, causa viva de la gracia y la hondura al torear. Único. Se ha oído decir a gente sabia que el torero que mejor ha resistido el paso del tiempo era justamente él. Su sentido del toreo, filmado en una película de ficción –“Currito de la Cruz”, de Luis Lucia, y más que cincuentenaria- y en raras piezas documentales, se tiene por la esencia misma del clasicismo.

En fecha triste, sin embargo, vino Morante a cuajar en Carabanchel una de las más hermosas faenas de su ya larga carrera, justamente jalonada y perfilada por faenas memorables. Faena a un toro negro de Núñez del Cuvillo, Asesino, 502 kilos, negro tizón. Que fue de armónicas hechuras, gran viveza de partida y un ritmo espléndido al embestir. Nobilísimo. Se guardó un minuto de silencio al término del paseíllo y, cuando, arrastrado sin las orejas el toro,  concluyó una vuelta al ruedo apoteósica, Morante se fue a los medios y dirigió la montera al cielo en señal bien clara: iba todo, todo había ido por  Pepín Martín Vázquez, de cuya estela se ha reclamado Morante muchas veces.

Con toda clase de fundados argumentos: el primero, una armónica belleza siempre reconocible pues, por clásica, apenas se ha desviado del canon máximo, renacentista y fresco, inmarcesible; el segundo, un acento que casa hondura y gracia, asiento y ajuste, imaginación, desenfado y seriedad. Las formas y el fondo, que, durante esos quince minutos de trajín de Morante con el toro de Cuvillo, fueron brotando íntimamente unidas en una suerte de cascada risueña: lo propio del toreo estilista. El dibujo de cuatro o cinco lances sueltos improvisados sobre los viajes del toro todavía sin fijar pero ya gobernado fue impecable.

Sólo que con el capote Morante se había puesto inalcanzable listón en el segundo toro de corrida: verónicas de suerte cargada, enroscadas, muy revoladas, lentísimas en el saludo y, luego, a suerte más liviana –no tanto encaje, la pierna de entrada hábilmente acortinada-, un quite de gran garbo, sutil y gaseoso. La primera faena de Morante tuvo un arranque espléndido: cinco calmosos ayudados por alto a suerte cargada cosidos con el de la firma, uno cambiado, el molinete y el de pecho. Pero, luego, se atascó el toro, Morante no dio con el tono y sólo antes de la igualada acertó a tocar la primera tecla con improvisaciones de toreo cambiado, a pies juntos o no y el remate clásico de pecho.

La miel en los labios hasta que rompió la otra faena, que fue grande de verdad y no tuvo, por no tener, ni un solo paso en falso ni una duda ni un error. De arranque, una tanda floreada, tan de Morante, mixta: la bandera, la trinchera, el de la firma, un cambiado, un molinete, otro de la firma, otra cambiado y el de pecho, la trenza insuperable, pues el toro vino toreado en todas las bazas. El asiento casi ingrávido de Morante, que, ni al romperse del todo, perdió un átomo de compostura: dos tandas en redondo, una con la izquierda de sobrecogedora despaciosidad, otra salteada con el molinete envuelto y los recortes por las dos manos, y por una y otra hubo cambios de muleta como si el toreo fuera lo que tantas veces parece en Morante: un ejercicio de prestidigitación. El rumbo fluido de la cosa: no importó el terreno ni la distancia. Dormido el tiempo, entregado el toro al artista que lo moldeaba. Un pinchazo, una estocada, ¡el delirio!

Lo que pasó antes y después de ese primoroso homenaje a Pepín Martín Vázquez quedó obligadamente en otro plano. Ni la anécdota y el gesto de Juan Mora de pedir matar el sobrero; ni el tesón de El Cid en una faena de distancias pero de ligero calado con un sexto toro generosamente premiado con la vuelta al ruedo; ni los momentos más felices de Mora en el toreo con los vuelos de capa y muleta, y perdiendo o ganando pasos en una reinvención del toreo viejo; todo quedó oculto como la sombra de los ángeles. “Los ángeles torean así”, rezaba una manida hipérbole de revistas taurinas de otro tiempo. Como Morante.

Última actualización en Domingo, 27 de Febrero de 2011 22:38